—¿Por qué no dices nada?
Gloria sabía que él estaba despierto y que había escuchado la pregunta.
Los ojos de Federico se abrieron de golpe. Con voz ronca, dijo:
—¿No puedes dormir? ¿O quieres que te ponga la medicina?
Gloria se quedó helada, pero en seguida reaccionó, se levantó de la cama sin dudarlo, entró al baño a arreglarse y bajó las escaleras.
Anoche Lalo hizo berrinche. Quizá por el cansancio de cuidarlo, Federico, rompiendo su rutina, no se levantó temprano hoy.
Gloria desayunó, pero no vio a Federico bajar con Lalo.
—Señora, ¿el niño hizo mucho berrinche anoche? —le preguntó Margarita mientras recogía los platos.
—¿Lo cuidó el patrón?
Gloria asintió.
—Sí.
—No me imaginaba que el patrón fuera tan bueno cuidando bebés. Hace unos días me andaba preguntando cosas sobre niños.
Margarita se rió y entró a la cocina.. Mientras lavaba los trastes, siguió platicando:
—Desde que el patrón era niño, yo sabía que era muy detallista. Una vez me torcí el tobillo y estuve en cama varios días; él venía a mi cuarto a medianoche todos los días a traerme agua. Solo que al crecer se volvió más callado y reservado, pero sé que tiene un gran corazón.
«¿De verdad Federico tenía un gran corazón?»
Gloria forzó una sonrisa.
Margarita lo había cuidado desde niño, así que tenía un lugar especial en su vida. Los Córdoba eran su familia, y también tenían su lugar. Pero a ella, que había sido la señora Córdoba por dos años, nunca la había tenido en cuenta.
—Señora, ahora que volvió con el patrón, llévensela bien. Los abuelos ya se mueren de ganas de cargar a su bisnieto. Si se enteran de que le dio a los Córdoba un niño tan sano y precioso, ¡se van a volver locos de alegría! ¡Ya somos cuatro generaciones vivas en la familia!
Margarita estaba genuinamente feliz por los abuelos.
Gloria no sabía qué le había dicho Federico a Margarita. No le siguió la plática y solo sonrió.
—Voy arriba a checar cómo están —dijo, levantándose.
La observó terminar de limpiar a Lalo, cambiarle la ropita y llevárselo abajo.
Cuando Federico se arregló y bajó, Gloria estaba con Lalo en la terraza de cristal, tomando el sol.
Entró al comedor y justo desde ahí podía ver a madre e hijo. La luz del sol brillaba sobre Gloria, como si la envolviera en un aura dorada.
Era una escena cálida y feliz que Federico nunca se había imaginado.
—Patrón —Margarita se acercó y le dijo en voz baja—, no sé por qué, pero siento que la señora está diferente.
Federico le dio un trago a su café y apartó la vista de Gloria para mirar a Margarita.
—¿Tú crees?
—Sí, antes siempre me andaba preguntando cosas sobre usted, y le brillaban los ojos cuando lo mencionaba. Ahora, si le saco el tema, ni me da el avión.
Al principio, Margarita pensó que Gloria estaba muy cansada por el bebé.
Pero luego recordó que antes, aunque Gloria saliera a medianoche del trabajo, la llamaba a esas horas para pedirle recetas de desayuno.

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