El teléfono de la recepción seguía sin sonar. La recepcionista miró a Gloria de reojo. —Señora Loyola, ¿está segura de que el señor Córdoba la va a recibir?
—Vamos a esperar tantito —respondió Gloria, sin sonar tan convencida.
Esperaron un par de minutos más hasta que se abrieron las puertas del elevador privado. Federico salió caminando a paso firme, directo hacia Gloria.
—¿A qué se debe la visita? —preguntó él. Al ver el termo que llevaba en la mano, no pudo evitar sonreír un poco.
—Margarita me pidió que te trajera de comer. —Gloria le extendió el termo.
Federico lo tomó. —Sube.
—No, así está bien. —Gloria se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja—. Ya me voy.
La sonrisa de Federico desapareció y frunció ligeramente el ceño.
—Todavía no he comido. Mejor me regreso a la casa para almorzar.
Aunque, la verdad, Gloria ya había comido.
—Comemos juntos. —Federico se inclinó, la tomó de la muñeca y, sin darle tiempo a respingar, la jaló hacia el elevador.
La recepcionista se quedó con la boca abierta y soltó un jadeo de asombro.
Gloria, arrastrada hacia el interior del elevador, se zafó rápidamente del agarre de Federico y se pegó a una de las esquinas, poniendo la mayor distancia posible entre los dos.
Las puertas se abrieron y salieron uno detrás del otro.
Pablo estaba esperando el otro elevador y volteó al verlos. —¿Gloria?
—Hola, Pablo —saludó ella con un leve asentimiento.
—Iba a comer, ahorita platicamos. —Pablo quería quedarse a chismear un rato, pero de reojo notó la cara de pocos amigos de Federico. Soltó una risa nerviosa y se metió rápido al elevador.
Gloria echó un vistazo hacia la sala de juntas, pero estaba completamente vacía.
Entró a la oficina detrás de Federico. En la mesita de la sala de espera había dos tazas de té y un cigarro sin encender aventado en el cenicero.
No era la marca que Federico solía fumar, y además, él ya había dejado el vicio.
Federico se sentó y empezó a sacar los recipientes de comida, acomodándolos en la mesa. —¿A quién buscas?
—¿A qué vino Lucas? —A Gloria no le gustaba andar con rodeos.
—Tú sabes perfectamente que lo rechazaría por ti —respondió Federico.
Gloria sintió un vuelco en el pecho y el pulso se le aceleró de inmediato.
Al toparse con la mirada profunda y oscura de Federico, sintió que él la veía hasta el fondo del alma. Se puso súper nerviosa.
—Te digo que no hacía falta...
—Come. Ahorita que terminemos, nos vamos juntos a la casa. —Federico le pasó los cubiertos y le sirvió un poco de sus guisados favoritos.
La frase no tenía nada de malo, pero a ella le sonó rarísimo.
«Nos vamos juntos a la casa».
Gloria tomó el tenedor y se quedó moviendo el arroz en el plato, sin probar un solo bocado.
Federico dio dos golpecitos en la mesa con los nudillos, haciéndola reaccionar.
—Gracias por lo de anoche —soltó ella de repente.
Gloria se apresuró a cambiar de tema. —¿Pero cómo le hiciste? ¿De dónde sacaste ese truco?

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