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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 592

Reconoció ese anillo de inmediato. Era de Alicia.

El primer año que ella se casó con Federico coincidió con el vigésimo quinto aniversario de bodas de Alicia y Samuel Córdoba. Samuel le había comprado ese anillo a Alicia como regalo de aniversario.

Al ver que Gloria se quedó fijamente mirando hacia un punto en específico, el ama de llaves siguió su mirada. Pegó un brinco del susto y de inmediato le hizo señas a Margarita.

Margarita salió de la cocina, se quedó pasmada un segundo y luego agarró el anillo.

—Señora Gloria, este anillo es mío. La señora Alicia me lo regaló.

Diciendo esto, se lo puso en el dedo. Le quedaba a la medida.

—¿Ah, sí? —Gloria no se lo creía del todo, al fin y al cabo, esa joya tenía un valor sentimental importante.

Margarita sonrió y le explicó: —Lo que pasa es que, tiempo después de que el señor se lo comprara, resultó que la piedra no era de buena calidad. Así que le compró uno nuevo a la señora y ella me regaló este. Yo también pensé que no debía aceptar un regalo de aniversario, pero ya sabe que ella no soporta las cosas con defectos. Iba a ser una lástima tirarlo, así que me lo quedé.

Era cierto. Alicia jamás toleraría algo defectuoso.

—Pues guárdelo bien, no se le vaya a perder —dijo Gloria, restándole importancia al asunto.

—Aunque tenga sus defectos y la señora ya no lo haya querido, para mí es un tesoro. Entre cocinar y cuidar a Lalo, la verdad es que no me conviene traerlo puesto para hacer el quehacer. Ahorita nomás lo saqué para enseñárselo a mi compañera —añadió Margarita.

Dicho esto, se quitó el anillo y se fue a guardarlo a su cuarto.

—Señora Gloria, ¿por qué no sube a cambiarse? La comida ya está lista, ahorita mismo servimos.

El ama de llaves se acercó con la intención de cargar a Lalo.

Gloria le entregó al bebé y se levantó para ir al piso de arriba. —De acuerdo.

El tercer piso estaba en completo silencio. Se detuvo un momento al final de las escaleras y echó un vistazo hacia el cuarto de Federico.

La puerta de su habitación estaba cerrada a cal y canto.

Se dio la vuelta y entró a su propia recámara. Se quitó la ropa y agarró un pijama de tela ligera en tono rosa pastel que estaba sobre el sillón al pie de la cama.

Apenas terminó de desvestirse, y justo antes de ponerse el pijama, escuchó un ligero ruido a sus espaldas.

Gloria volteó y se topó de frente con Federico, quien estaba parado en la puerta del vestidor.

Como la puerta del vestidor estaba abierta, Federico debió haberse dado cuenta desde que ella pisó la habitación.

Es decir, había visto todo el proceso.

Incluso la había visto... sin ropa.

Gloria sintió que se le encendía la cara hasta las orejas.

—Si me viste cambiándome, ¿por qué no avisaste que estabas ahí?

—Te quitaste la ropa demasiado rápido, no me diste tiempo de decir nada.

—¡Pues no tenías por qué quedarte mirando! —le reclamó Gloria, muerta de la vergüenza y el coraje.

—¿Cuál es el problema? Conozco cada centímetro de tu cuerpo. Te he visto y te he tocado —Federico se acercó como si nada y la miró desde arriba—. Y también te he besado.

Gloria sintió que la cara le ardía aún más.

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