—Sí, fue una tontería mía.
Raúl bajó la mirada, adoptando una postura digna de lástima.
Las expresiones de José y Yolanda se volvieron más serias y voltearon a ver a Virginia.
Virginia no supo qué decir ante la situación.
—Señor, señora, yo quiero a Virgi, así que no la voy a obligar a nada. Pero ahora no se trata solo de nosotros dos, también está Bruno. No puedo dejar que el niño crezca sin su padre. Quiero que nos volvamos a casar, pero les aseguro que le daré a Virgi absoluta libertad. Yo... no me meteré en sus asuntos.
Lo que Raúl quería decir era que, incluso si volvían a casarse y Virginia encontraba a otro hombre, él estaba dispuesto a hacerse de la vista gorda y no interferir.
¡Virginia sintió que le iba a dar un infarto del coraje!
—Ejem, ejem —José se tapó la boca y tosió.
Había pensado que el propósito de ese día era evaluar al pretendiente de su hija.
Quién iba a decir que...
—Yo no me meto en las cosas de los jóvenes, este...
José quería invitar a Raúl a comer, pero de pronto tenía demasiadas cosas que quería platicar a solas con Virginia, así que ya no quería que se quedara.
—Hoy solo vine a dejar clara mi postura.
Raúl se levantó de manera oportuna.
—No los molesto más, señor, señora.
Dicho esto, se dio la vuelta para marcharse.
Virginia se puso de pie por instinto.
—Oye...
¡Habían acordado que ella lo acompañaría a la salida para poder platicar con Gloria!
—Virgi, ¿querías decirme algo? —Raúl se detuvo y se giró hacia ella—. ¿Me acompañas a la puerta?
Al escuchar su tono tan sumiso y lastimero, haciéndola quedar como la mala del cuento, ¡le hirvió la sangre!
—¡No tengo nada que decirte, ya vete!
—Virgi —Yolanda se levantó y le habló en tono de reproche—. Ve a acompañar a Raúl a la salida.
—Hazte para allá, tus papás están mirando y yo también tengo que subir.
Virginia se movió un poco, casi aplastando a Gloria contra la otra puerta.
Gloria le dio unas palmadas suaves en la espalda. A través de la ventana, vio a los esposos Mendizábal estirando el cuello para mirar hacia ellos.
Ver a Virginia la tenía con el corazón revuelto, y además sentía los nervios de estar haciendo algo a escondidas.
—¡No digas eso!
Virginia la soltó. Sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que veía borroso el rostro de Gloria.
Le apretó los hombros a Gloria y luego bajó las manos para pellizcarle un poco la cintura.
—Estás más delgada, hasta perdiste talla de busto. ¿Eres tonta o qué? ¿De verdad creíste que yo también te odiaba?
Gloria negó con la cabeza.
—Claro que no. Y no he adelgazado, de hecho subí un kilo.
—No me voy a ir al extranjero. Ya aceptaron que me quede. Vamos a investigar bien la verdad. Hasta que no aclare todo, por favor, no vayas a volver con los Mendizábal. Los de afuera no lo saben, pero mis papás dicen que mi tío y su familia son unos aprovechados que te dejan en la calle. Pensábamos que solo eran así con los desconocidos, jamás imaginamos que le harían eso a su propia sangre.

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