El hombre no reaccionó. Seguramente había hablado en voz demasiado baja.
Pero, ¿cómo iba a alzar la voz? Si lo hacía, los de la sala de al lado la escucharían y sería un desastre.
No tuvo más remedio que acercarse un poco, inclinarse y tocarle suavemente el brazo.
—¿Señor Fonseca?
En una fracción de segundo, él le atrapó la muñeca con fuerza. Ella se topó de golpe con sus ojos oscuros y profundos, que ahora estaban bien abiertos. La actitud defensiva y la hostilidad en su mirada se clavaron en ella, provocándole un escalofrío en la espalda.
Él la soltó de inmediato. Inconscientemente, ella retrocedió un paso, marcando distancia.
Ocultando la frialdad que había destellado en sus ojos, Xavier la miró con pesadez. Parecía exhausto. Su voz sonó grave.
—Acepto tus disculpas.
Iris, que seguía tensa por las exigencias de Natalia, tardó un par de segundos en procesarlo. Recordó el mensaje de la noche anterior, donde le pedía disculpas por haberlo malinterpretado y lo invitaba a comer.
Y bueno, Fabián había pagado la cuenta, así que técnicamente ella lo había invitado.
Asintió levemente en respuesta, dudando sobre cómo soltar la bomba.
—¿Necesitas algo más?
Él la miró fijamente, dejando claro que quería que se fuera.
Con esa actitud, ¿cómo iba a creer que ella le gustaba?
Según Iris, cuando a alguien le gustas, busca cualquier excusa para pasar tiempo contigo.
—No...
Apenas pronunció la palabra, la voz desesperada de Natalia resonó en su oído: —Pregúntale, Iris.
—Si no, vete.
Al verla dudar, el tono del hombre se volvió aún más cortante.
Si las cosas estaban así, ¿por qué Natalia seguía sin creerle?
¡A él no le gustaba!
—Iris, pregúntale ya —seguía presionando Natalia por el auricular.
Iris apretó los dientes.
Si iba a morir de vergüenza confesándose, que así fuera.
Al menos con la respuesta, Natalia podría estar tranquila.
Dio un paso al frente con una expresión de quien va al matadero. Con el corazón en la garganta, soltó:
—Señor Fonseca, usted me gusta.
En ese instante, escuchó a Natalia soltar un pequeño jadeo de nerviosismo.
Al enfrentarse a la mirada indescifrable del hombre, su corazón, sin saber por qué, comenzó a latir tan rápido como el de su amiga.
Todo a su alrededor pareció sumirse en un silencio absoluto. Ni siquiera escuchaba el bullicio de la otra sala.
Los ojos de Xavier se oscurecieron como un abismo insondable. Su voz sonó gélida y sombría.
—¿Sabes lo que estás diciendo?
No había ni una pizca de la alegría típica de un hombre al que se le confiesa la mujer que le gusta.
—¿Iris? —insistió Natalia, sonando emocionada en su oído.
Iris volvió a la realidad y asintió, pero al recordar que su amiga no podía verla, emitió un leve "mjm".
De pronto, él se puso de pie. Su imponente figura proyectó una sombra que la envolvió de inmediato. Ella intentó retroceder por puro instinto, pero antes de que pudiera apartarse, sus manos frías le sujetaron el rostro.
Él la miró desde arriba. Las luces del techo creaban sombras que ocultaban su expresión, pero aun así, pudo notar la frialdad en esa mirada calculadora.
—¿Te gusto? ¿Así que desde el principio te acercaste a mí para seducirme?
—¿Qué?
Murmuró ella, incrédula. Jamás imaginó que él lo interpretaría de esa manera.
Al escucharla, él frunció el ceño. La hostilidad en sus ojos se intensificó mientras se inclinaba hacia ella. El intenso aroma a feromonas masculinas, mezclado con un toque de madera de cedro, la envolvió por completo, cargado de una furia evidente.
—¿No es así?

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