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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 58

AMOR EN TIERRAS SALVAJES. CAPÍTULO 58. El inicio de la guerra

Chelsea estaba paralizada, con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas, mientras Carter lanzaba su maleta al jardín con un golpe seco que levantó polvo y hojas secas. La tierra tembló un poco bajo el impacto y el sonido retumbó en sus oídos. Carter respiraba agitadamente, con los puños tensos y la mandíbula apretada, y luego la miró con ojos oscuros, cargados de ira y desprecio.

—¡Quiero que te largues! —gritó y su voz resonó contra las paredes de la cabaña—. ¡No me importa nada de ti! ¡Nada!

Chelsea sintió que el mundo se le venía encima. Se quedó quieta, temblando, incapaz de decir algo. Sus manos tocaron la maleta caída, y aunque sus dedos apenas podían sostener el asa, comenzó a recogerla lentamente. Lloraba en silencio, sin emitir un sonido, solo con el dolor latiendo en su pecho como un martillo. No podía creer lo que estaba pasando. Cada palabra de Carter era una daga que le atravesaba el corazón.

—Carter… —murmuró, con voz quebrada, intentando sostenerle la mirada—. Por favor… explícame lo que está pasando… Tú me amas… tú me lo dijiste…

Él soltó un bufido de desprecio, pasando una mano por su cabello en un gesto brusco.

—¡Por favor! —replicó—. Literalmente diría cualquier cosa por follar o por una enfermera gratis. ¡No digas tonterías!

El mundo de Chelsea se tambaleó. Quiso responder, pero las palabras se quedaron atoradas en su garganta. No podía entender cómo la persona que juraba amarla podía hablar así. Sentía que cada latido de su corazón era un golpe más de dolor.

Pero antes de que pudiera entender qué estaba sucediendo Patrick estacionó a su lado y pareció comprender absolutamente toda la situación.

—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?! —gritó, con el ceño fruncido y los puños a punto.

—¡Tú no te metas, solo quiero que ella se largue!

—¿¡Que se largue, la persona que te ha estado cuidando por semanas?! ¡Eres un imbécil y un mentiroso! —le gritó Patrick y Chelsea vio cómo aquellos hombres se enfrentaron con la tensión al límite.

Los gritos de ambos retumbaron en el aire, y ella simplemente no pudo soportarlo. Su cabeza giraba, la presión y la emoción la abrumaban, y de pronto todo se volvió negro: se desmayó, cayendo al suelo como un peso muerto, y Carter dio un paso inconsciente hacia ella, pero Patrick reaccionó más rápido, sosteniéndola entre sus brazos con firmeza. Sus músculos se tensaron mientras la cargaba, asegurándose de que no golpeara el suelo de nuevo.

—Tranquila, Chelsea —susurró con voz baja—. Todo va a estar bien. Solo respira, solo respira.

Carter retrocedió, con el pecho agitado y la rabia burbujeando bajo su piel. Miró a Patrick con furia y frustración contenida, pero no se atrevió a acercarse más mientras Chelsea estaba en brazos de su amigo. Su corazón se debatía entre la impotencia y el enojo, pero sabía que no podía hacer nada en ese momento.

Patrick salió del jardín con Chelsea sostenida contra su pecho, moviéndose rápidamente hacia el auto. La velocidad con la que se dirigieron al aeropuerto era vertiginosa, y cada segundo parecía eterno.

Mientras tanto, Henry apenas se estaba bajando del avión y su recibimiento fue que el abogado se la pusiera en los brazos. Su rostro se volvió una mezcla de miedo y urgencia que lo mantenía rígido.

—¡Chelsea! —exclamó—. ¿Qué… qué pasó?

Patrick lo miró con expresión seria, poniendo a la muchacha con cuidado en uno de los asientos ejecutivos.

—Ha pasado por mucho estrés últimamente —explicó—. Lo mejor es que te la lleves tú. Necesita un cambio de ambiente y tranquilidad.

El cantinero alzó las cejas, entre divertido y asombrado.

—Vaya… vaya… —murmuró—. Eso sí que es complicado.

Patrick no dijo nada más. Tomó otro sorbo de su whisky, dejándolo deslizarse lentamente por su garganta. Estaba concentrado, pero sabía que sus palabras no se quedaban solo en el bar. Detrás de él, la voz de un hombre desconocido se filtró, cargada de un tono curioso y desafiante.

—¿Y quién es la nueva afortunada? —preguntó la voz, como si quisiera desenterrar secretos ajenos; y Patrick gruñó, girando ligeramente la cabeza.

Su ceño se frunció aún más, y por un instante su mirada se llenó de peligro contenido. Sabía perfectamente que sus palabras estaban llegando a oídos de Bill y de sus hijos, y eso solo añadía más leña al fuego que ya estaba ardiendo.

—Léa —respondió, seco, dejando que la palabra cayera como una sentencia—. Léa, su cuñada.

—¿La hermana/prima de la difunta Emily? —se espantó el cantinero.

—¡Esa misma! ¡Con esa zorra se fue a enredar, porque no se le pude decir de otra manera a una tipa que se mete con el viudo de su hermana! —escupió Patrick—. Pero parece que a él solo le importa el bendito heredero…

El cantinero apenas tuvo tiempo de reaccionar, y Patrick dejó el vaso en la barra, con la espalda recta y los hombros firmes. El bar, el alcohol, tarde, todo parecía cargado de electricidad. Sus ojos permanecieron fijos en la puerta, consciente de que la guerra apenas estaba comenzando y que Silver Ridge jamás volvería a ser igual.

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