AMOR EN TIERRAS SALVAJES. CAPÍTULO 56. Tienes que decidir
Carter sintió que ya no era capaz de seguir. Cada respiración era un recordatorio del miedo que lo consumía: el peligro para Chelsea, para su hijo, la sensación de que todo podía derrumbarse en un instante. Su amigo estaba frente a él, con esa calma que siempre lo desconcertaba, aunque en ese momento esa calma escondía algo más, algo oscuro.
—Patrick… —dijo con la voz entrecortada—. No puedo… no puedo alejar a Chelsea con engaños. No así. No puedo hacerle eso.
Patrick lo miró con intensidad, sus ojos duros como acero observaron cada reacción de Carter.
—Entonces tienes que decidir —replicó con tono firme—. ¿Quieres que siga viva, que siga a tu lado, o que la persigan hasta Nueva York y acaben con ella y con tu hijo? ¿Eso quieres?
Carter tragó saliva, el corazón le latía tan fuerte que le dolía en el pecho y su mirada se perdió un segundo en el suelo antes de volver a fijarse en Patrick.
—Haré lo que sea —dijo con determinación, con aquella voz ronca temblando por la mezcla de miedo y coraje—. ¡Lo que sea por mantenerlos vivos!
El abogado asintió como si ya esperara esa respuesta.
—Y eso no va a pasar mientras esos asesinos sigan sueltos —aseguró, con voz firme—. Mientras no los mandemos a todos a la cárcel no hay seguridad. Ni para ella, ni para tu hijo.
Carter se quedó unos segundos en silencio, procesando sus palabras. Luego miró a Patrick con desesperación contenida.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó al fin, dejando salir un hilo de voz que apenas ocultaba el terror que lo estaba devorando por dentro.
Su amigo se levantó y lo guio hacia un pasillo más apartado, donde las luces eran bajas y el ruido del hospital no alcanzaba a filtrarse.
—Primero —dijo mientras encendía su teléfono—. Yo me encargo de todo lo que tenga que ver con la doctora con el bebé. Eso déjalo en mis manos. Lo que tú vas a hacer… es mucho más sucio.
Carter tragó, con el estómago dándole vueltas. La palabra “sucio” le produjo escalofríos.
—¿Sucio? —murmuró—. ¿Qué quieres decir?
—Primero necesitamos asegurarnos de que toda la gente involucrada termine en el mismo hueco, en la misma trampa —explicó Patrick, encendiendo la grabadora del teléfono—. Y tú… tú vas a grabar algo para alguien.
Carter asintió, sintiendo que la tensión le quemaba los hombros mientras Patrick preparaba la cámara de su celular, le daba instrucciones y le contaba al primera y escabrosa parte de aquel plan.
Cuando los dos estuvieron listos, Patrick se inclinó un poco, hablándole con un tono bajo pero imperativo.
—Tienes que hablarle desde el corazón —dijo—, porque de este hombre depende que tu familia siga viva y sana. Hazlo bien.
Carter cerró los ojos por un segundo, respirando hondo. El nudo en su garganta se hacía más grande a medida que imaginaba la magnitud de lo que estaba a punto de hacer. Aun así, miró al teléfono y dejó que sus palabras salieran con toda la sinceridad que podía reunir.
Cinco minutos después Patrick guardaba aquella grabación y la resguardaba enviándola a varios de sus correos.
—Bien. Ahora vamos con la doctora —sentenció y se acercaron a un pequeño cubículo donde podían hablar sin que nadie los escuchara.
La doctora los miró extrañada, como si no entendiera por qué tanto secretismo.
—¿Pasa algo?
Carter se dejó caer en la silla, la tensión bajándole un poco del pecho, y respiró hondo antes de hablar.
—Necesito saber que el bebé está bien —dijo, temblando—. Por favor.
Él, por su parte, tomó el teléfono otra vez y marcó el número de un hombre al que jamás había conocido.
—¿Henry Sheppard? —preguntó en cuanto le contestaron del otro lado—. Señor Sheppard, necesito que viaje a Silver Ridge de inmediato —dijo, con voz grave—. Su hermana… necesitamos que se la lleve de vuelta a Nueva York. Es urgente.
Y como buen abogado que era solo plantó la urgencia en lugar de dar más explicaciones que pudieran poner al hermano de Chelsea sobre aviso. Pero mientras Patrick manejaba la logística de esa operación, Carter regresaba a la cabaña.
El silencio lo recibió con un vacío que parecía devorarlo. Se dejó caer sobre el sofá, con los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos, y un sollozo amargo escapó de su pecho.
—Dios… Dios, Chelsea… —murmuró, sin poder contener la angustia, sabiendo lo que estaba a punto de hacer—. Lo siento, nena... te juro que lo siento...
Amaba a aquella mujer más que a nadie en el mismo, más que a sí mismo. Y precisamente por eso sabía que tenía que protegerla a toda costa.
Así que se dio cinco minutos para desahogarse, y luego se recompuso poco a poco, respirando hondo, recordándose a sí mismo que todo aquello era por ella, por su hijo, por su familia. Cada decisión, por más dura que fuera, tenía que ser medida, controlada. No podía fallar.
Sacó el celular, marcó un número que hacía tiempo le producía un nudo en la garganta; y cuando la llamada fue respondida, su voz ni siquiera tembló.
—Léa… —empezó—. Necesito verte. ¿Puedes venir a mi casa?
Hubo un silencio al otro lado, un silencio pesado, cargado de expectación. Carter sintió que su corazón se aceleraba mientras esperaba la reacción.
“¿Por qué?” Fue la pregunta de la mujer al otro lado y los dientes de Carter chocaron entre sí mientras le respondía.
—Porque siempre tuviste razón… nadie puede quererme como tú.

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