TODOS LOS BESOS DE TU BOCA. CAPÍTULO 51. La única manera
Rebecca alzó la cabeza de golpe, reconociendo aquella voz.
—¿Henry? —susurró, sin creerlo.
Se acercó a la ventana todo lo que las esposas le permitían y a través del cristal, entre las sombras del bosque, una silueta conocida se movía con cautela. Henry.
Rebecca sintió que el alma le volvía al cuerpo. Él forzó la ventana con una navaja y se asomó, con la respiración agitada.
—Dios mío… —murmuró al verla esposada—. ¿Estás bien?
—Estoy esposada—le susurró ella—. Tiene un arma, Henry… Llévate al bebé, por favor.
Henry extendió los brazos, y ella le pasó al pequeño Ethan a través de la ventana con extremo cuidado, temblando.
—Llévatelo —le dijo con lágrimas en los ojos, pero Henry no quería soltarla. Tenía el rostro empapado en sudor a pesar del frío, las manos temblando y los ojos clavados en los de Rebecca.
—No voy a dejarte —le dijo con voz ronca, apenas conteniendo el temblor—. No voy a irme sin ti.
Pero ella lo miró con una serenidad que a Henry le rompió el alma. Tenía la respiración agitada, el cabello desordenado y las mejillas enrojecidas por el frío. Pero sus ojos… sus ojos estaban llenos de determinación.
—Tienes que hacerlo —susurró, con la voz entrecortada—. Ethan está primero. Sálvalo, Henry. Julie Ann está completamente loca, no hay otra forma de decirlo.
Henry negó con la cabeza, desesperado.
—Volveré por ti, te lo prometo.
Ella le sostuvo la mirada y sonrió débilmente.
—No. No vuelvas tú. Manda a alguien más. Ethan no puede quedarse sin sus dos padres si esto se sale de control.
Él sintió que el corazón se le partía en dos. El bebé dormía en sus brazos, tibio, ajeno al peligro. Rebecca lo miró una última vez antes de que Henry lo apretara contra su pecho, intentando grabarse ese instante por si algo salía mal.
Pero en ese momento, la puerta se abrió de golpe y Julie Ann apareció en el umbral, con los ojos desorbitados, el cabello revuelto, y la pistola temblándole en la mano.
—¡NO! —gritó con una furia inhumana al ver a Henry con el bebé—. ¡NO TE LO LLEVES!
Henry apenas tuvo tiempo de reaccionar. Ella disparó, pero la bala se incrustó en la pared y él desapareció en la oscuridad de la noche.
El grito de Julie Ann resonó por todo el bosque, agudo, desesperado.
—¡Devuélvemelo! ¡Es MÍO!
Pero Henry no se detuvo. Corrió entre los árboles, esquivando ramas y raíces, con el corazón a punto de estallar. Cuando llegó a una distancia prudente, vio a Carter aparecer entre la niebla.
—¡Toma! —le dijo, entregándole al bebé—. Sácalo de aquí, ahora. Llévalo con mi hermana.
Carter lo miró con preocupación.
—¿Y tú?
—Voy por Rebecca.
—Henry, el agente del FBI ya fue…
—Me importa un cuerno, voy por mi esposa —replicó con una determinación que Carter no se atrevió discutirle.
—De acuerdo -le dijo pasándole su arma-. Ya sabes lo que tiene.
Henry lo vio alejarse con el bebé antes de volver sobre sus pasos. La adrenalina lo empujaba, el miedo lo mantenía alerta. Pero no tenía idea de que dentro de la cabaña, la situación era un infierno. El agente del FBI había logrado entrar por la puerta trasera justo cuando Julie Ann, histérica, tomaba a Rebecca por el cuello y le apuntaba con el arma a la sien.
—¡Ni un paso más! —gritó Julie Ann—. ¡Si no me devuelven al niño, la mato!
El agente levantó las manos lentamente.
—Tranquila, Julie Ann. Nadie va a hacerte daño. Solo baja el arma.
—¿Qué…?
—La protegí. Era la única forma de que Julie Ann dejara de usarla como escudo —explicó Henry, mientras la levantaba con cuidado.
Rebecca gemía, aturdida por el golpe, pero consciente.
—Te tengo, amor —le dijo Henry, apretándola contra su pecho—. Ya pasó. Ahora vamos a sacarte de aquí.
Salieron de la cabaña a toda prisa y el aire frío de la noche los golpeó de lleno. Ninguno miró atrás, y el cuerpo de Julie Ann quedó allí, tirado sin que a nadie le importara en absoluto cómo había muerto ni por qué.
A menos de doscientos metros, entre los árboles, las luces de los agentes federales parpadeaban.
—¡Aquí! —gritó Henry, corriendo con Rebecca en brazos.
Dos paramédicos se acercaron de inmediato, colocándola sobre una camilla y Henry se mantuvo a su lado, sin soltarle la mano. Su corazón aún martillaba contra el pecho, como si el peligro no hubiera terminado.
Rebecca abrió los ojos lentamente, parpadeando.
—¿Henry?
Él se inclinó sobre ella, con una sonrisa cansada.
—Aquí estoy.
—¿Me disparaste tú? —preguntó, medio incrédula y él soltó una risa nerviosa.
—Sí. Y cuando lleguemos a casa, te van a prestar la misma escopeta, con balas de goma, para que te desquites.
Rebecca sonrió débilmente pero su voz estaba llena de ternura.
—Trato hecho.

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