CAPÍTULO 47. Una sesión de autoflagelación
Henry no abrió el menú de inmediato. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa como si le pesaran más de lo normal mientras procesaba cada palabra de Rebecca. En su diario había escrito que los últimos quince millones de su fortuna personal los había gastado en el producto que tenía en el almacén, así que aquel sitio debía pertenecerle desde mucho antes.
El restaurante era imponente, como ella, y él se sentía como si estuviera en un lugar equivocado, fuera de contexto en un escenario que claramente estaba hecho para ella.
Tomó aire, miró el menú por encima, pero no consiguió concentrarse. Las letras se le mezclaban, como si de pronto no supiera leer. Se sentía torpe y frustrado y sabía que todo era su culpa.
—No sé qué te gusta de todo esto… —murmuró al fin, sin levantar demasiado la voz—. No sé qué te gusta… supongo que jamás tuvimos tiempo de convivir, de conocernos de verdad…
Pero Rebecca lo interrumpió con un gesto seco de la mano, como si quisiera cortar de raíz un hilo de nostalgia que no tenía cabida allí.
—Henry, no estamos aquí para hacer una sesión de autoflagelación —le dijo, con un tono tolerante, pero muy firme—. Da igual quién sabía qué sobre quién. Lo único que importa es que ahora ya estamos divorciados.
Él la miró con una mezcla de arrepentimiento y… algo más. Sus labios se movieron como si buscara una respuesta, pero la voz le salía insegura.
—No es tan simple —intentó justificarse, con los dedos jugueteando nerviosamente con el borde de la servilleta—. Sé que yo debí…
Pero antes de que pudiera seguir, ella estiró la mano y le quitó el lujoso menú de entre los dedos.
El mesero, que esperaba respetuosamente a un costado, se acercó de inmediato a tomar la orden
—El señor va a tomar el carré de cordero en costra de hierbas con puré trufado y reducción de vino tinto.
El mesero asintió con una leve inclinación de cabeza, tomando el menú de vuelta, y se marchó dejando tras de sí un aire de solemnidad que pesaba aún más sobre Henry.
Rebecca se recostó en su asiento y lo miró fijamente. Había en su mirada un brillo que bailaba entre el orgullo y la decepción.
—Ahí tienes, ahora puedes autoflagelarte a gusto. No es necesario convivir, cuando de verdad te interesa alguien, te encargas de saber todo sobre esa persona —dijo con tranquilidad, como si estuviera exponiendo un hecho y no hablando de su pasado.
Henry tragó saliva y se inclinó hacia adelante.
—Entones tú sabes todo sobre mí —contestó con voz baja, con un atisbo de esperanza que pronto sería sacrificada—. Y eso significa que sabes que mi carne favorita es el cordero.
Rebecca entrecerró los ojos, con una media sonrisa que parecía esconder algo más profundo.
—También sé que hace apenas tres meses el doctor te diagnosticó con hígado graso —respondió ella con soltura—. Y eso significa que el cordero es lo peor que podrías comer ahora si quieres estar sano.
Rebecca se inclinó hacia adelante, bajando la voz para que sonara más íntima, más cortante:
—El padre de Julie Ann tiene una empresita de importación de azúcar. No es pobre, pero… dime, ¿qué clase de contactos podría tener como para conseguir que completos extraños reunieran quince millones solo para salvar tu endeudado trasero?
Henry se quedó mudo. El silencio que cayó entre los dos se volvió insoportable, como si cada segundo pesara toneladas.
—Yo… pensé que… —balbuceó, sin poder terminar, y Rebecca suspiró con hastío.
—Cada uno es ciego por su propia elección —dijo al fin, con un dejo de lástima que lo hizo estremecerse—. Pero dejemos ese tema. Yo quiero hablar del producto que te compré, y quiero escuchar cuáles son esos planes que ameritan una cena. A no ser que todo esto haya sido por puro capricho tuyo.
Él levantó la vista y se atrevió a mirarla directo a los ojos. Su voz salió firme, aunque por dentro la duda lo carcomía.
—¡Estoy dispuesto a comprártelo de vuelta! Todo el producto, por tus mismos quince millones.
Rebecca se quedó en silencio un momento, observándolo con la misma calma con la que alguien mide un movimiento de ajedrez. Luego dejó escapar una leve sonrisa, irónica y peligrosa.
—¿De verdad estás tan apresurado por arruinarte?

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