Felisa siempre había tenido plena confianza en sus propuestas comerciales, pero muy en el fondo sabía que, sin la influencia de Yahir Hernández operando desde las sombras, jamás habría logrado reunirse con Elena Valdés. Seguramente Valente le habría cerrado las puertas en la cara.
Al escuchar a ese sinvergüenza elogiar su capacidad, sintió una repentina e inexplicable punzada de culpa.
Se quedó en silencio, cortando su comida sin añadir nada más.
Cuando Ignacio terminó de comer, se excusó y se retiró primero.
—¿Aceptas invitaciones a comer de cualquiera?
La mirada de Yahir se detuvo en los labios de Felisa. Levantó la mano, le limpió suavemente una gota de salsa de la comisura con el pulgar, tomó una servilleta y se limpió los dedos con suma elegancia.
Felisa se estremeció levemente. Aún sentía el calor de su roce en la piel y sus mejillas se tiñeron de un sutil rubor.
—Es tu amigo, y además es el director de Estelar Media. Me invitó personalmente, no podía decirle que no.
—La próxima vez, recházalo de frente —el tono de Yahir era sereno, pero cargado de una autoridad inquebrantable—. No me gusta verte comiendo con otros hombres.
—Qué dominante me saliste...
En el mundo de los negocios, los almuerzos y cenas corporativas eran inevitables. Eran parte de las relaciones públicas.
Él era el presidente de la familia Hernández, un hombre con un poder inalcanzable, heredero de un imperio. Por supuesto que podía darse el lujo de mandar al diablo a quien quisiera. Pero ella no. La familia Valenzuela era de clase media acomodada; si se atrevía a portarse como una diva intocable, se ganaría enemigos que le arruinarían la carrera.
Además, aún no estaban casados formalmente; apenas eran novios. Ella no quería aprovecharse de su estatus. Si algún día rompían y perdía su protección, se convertiría en el hazmerreír y el blanco fácil de toda Santa Fe.
Yahir apretó los labios, su voz era profunda y firme.
—Solo soy así contigo, los demás no me importan. Mientras yo te respalde, no tiene por qué importarte lo que digan los demás.
Decía las cosas más arrogantes del mundo con la mayor tranquilidad.
Si lo hubiera dicho cualquier otro, habría sonado a pura fanfarronería, pero viniendo de Yahir, ella le creyó sin reservas. Él tenía el poder para respaldar cada palabra.
—No se preocupe, señor Hernández. Sé cómo cuidarme sola.

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