Ignacio Casal bajó la mirada hacia ella. Le tomó la barbilla con dos dedos, esbozando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—¿Me estás reclamando o de verdad crees que tengo que rendirte cuentas de adónde voy?
La sonrisa de Vanessa Rojas se congeló al instante y un destello de pánico cruzó por sus ojos.
—Claro que no... es solo que te extrañaba.
Comenzó a trazar pequeños círculos en el pecho de él con la punta del dedo, coqueteando abiertamente sin importarle la presencia de los demás. A su alrededor, la gente parecía estar más que acostumbrada a esa escena.
Ignacio apartó la mano con frialdad y la empujó suavemente.
—¿No ves que estoy ocupado? Te he consentido demasiado, ya ni siquiera sabes comportarte en público.
Luego, giró la cabeza hacia Felisa Valenzuela con un tono fríamente cortés.
—Disculpe la escena, señorita Valenzuela.
Felisa apenas esbozó una sonrisa educada y no dijo nada.
Las puertas del ascensor se abrieron. Ella fue la primera en entrar, seguida de cerca por Ignacio.
Vanessa se mordió el labio, dispuesta a seguirlos, pero la mirada gélida y despiadada de Ignacio la detuvo en seco. Se quedó paralizada en su lugar.
Al darse la vuelta, se topó con las miradas curiosas y burlonas de los presentes. Sintió un nudo en la garganta y una rabia que no tenía cómo desahogar.
Él nunca la había tratado así.
Luciana Olmos apartó la vista y miró a Claudia Castillo.
—Claudia, si no necesitas nada más, volveré al trabajo.
—Sí, adelante.
Claudia apenas se dio la vuelta cuando Vanessa la llamó.
—Claudia, ¿tienes tiempo? Me encantaría invitarte a comer.
Claudia soltó una carcajada irónica.
—Vaya, ¿va a llover para arriba hoy? Qué milagro que me invites a algo.
—Ay, no digas eso. Cuando entré a la agencia, tú fuiste quien me guio. ¿Cómo podría olvidar ese favor? —Vanessa se aferró a su brazo con excesiva familiaridad y lo sacudió un poco—. Claudia, hazlo por los viejos tiempos.

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