Al poco rato, Luciana terminó su sesión.
—¡Señorita Olmos, la busca Claudia!
Uno de los asistentes del estudio se acercó a darle el recado.
Luciana se detuvo en seco y alzó la vista hacia ella.
Al ver a Claudia esperándola con esa sonrisa afable, sintió un nudo en el estómago. La última vez, la vicepresidenta le había exigido que "bajara un poco sus humos" y acompañara a cenar a un par de inversores. Ella se negó rotundamente y Claudia la destrozó a gritos, diciéndole que era una inútil sin remedio.
Desde aquel día, el trato que recibía de su jefa había sido distante y frío.
¿Qué mosca le picó para que hoy se dignara a venir a buscarla?
Se acercó a ella y preguntó en voz baja:
—Claudia, ¿se le ofrece algo?
La vicepresidenta sonrió y, sorpresivamente, le tomó la mano con gesto maternal.
—Luciana, siempre te he dicho que tienes una estrella muy brillante. La presidenta Valenzuela, de la marca Vitti, te ha echado el ojo y quiere hablar contigo sobre un contrato como embajadora.
Luciana retiró su mano sutilmente y su voz se volvió más fría.
—Claudia, ya se lo dije. No hago favores especiales ni acompaño a cenar a nadie.
Ella había entrado a este mundo porque le apasionaba la actuación y, por supuesto, para ganarse la vida. Jamás se le cruzó por la cabeza venderse para conseguir un contrato o un papel. Si le pedían que cruzara sus límites morales, ella prefería perderlo todo.
Este medio estaba lleno de trampas; si tu voluntad flaqueaba, terminabas hundida en el fango. Eso de ir a bares con empresarios, ofrecerse en las camas o usar el cuerpo como moneda de cambio por favores, era algo que detestaba desde el fondo de su corazón.
—Sé que no te gusta seguirle el juego al sistema, pero esto es diferente —dijo Claudia, empujándola suavemente hasta quedar frente a Felisa—. Ella es la presidenta Valenzuela y quiere tener una entrevista privada contigo.
Luciana miró a la hermosa mujer que tenía delante y se quedó de una pieza. ¡La gran jefa de la que todos hablaban era una mujer!
—Presidenta Valenzuela, es un honor.
Se recompuso de inmediato y extendió su mano a modo de saludo.
Felisa se la estrechó con delicadeza, la soltó enseguida y le habló con una sonrisa amable.
—La señorita Olmos es aún más impresionante en persona que en fotos. ¿Le parece si buscamos un lugar más tranquilo para conversar?

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