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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 150

Quintín se quedó helado, sintiendo que el corazón se le desplomaba hasta el estómago.

¿Qué estaba pasando?

Se suponía que Yahir Hernández era un hombre reservado que jamás se entrometía en asuntos ajenos. ¿Por qué de pronto estaba dando la cara por las hermanas Valenzuela?

Tratando de mantener la compostura, Quintín forzó una sonrisa.

—Señor Hernández, no quiero molestarlo con estas trivialidades. ¡Nosotros mismos podemos arreglarlo!

Dicho esto, le hizo una seña a sus matones.

Los guardaespaldas intentaron avanzar de nuevo, decididos a llevarse a Bianca y apartar a Felisa.

—Quintín Valerio, te atreves a tocar a mi gente... ¿Acaso ya no quieres seguir viviendo en Santa Fe? —La voz de Yahir era afilada como el hielo. Sus ojos, oscuros e insondables, bastaron para desatar una presión asfixiante que amenazaba con pulverizar a cualquiera.

Al sentir su mirada, Quintín sintió un nudo en la garganta y su sonrisa se desdibujó por completo.

Miró a las hermanas y finalmente sus ojos se detuvieron en el rostro sereno y deslumbrante de Felisa.

Lo entendió todo de golpe.

¡Hasta el hombre más poderoso caía rendido ante la belleza!

Esta chica de los Valenzuela sí que tenía talento, haber logrado captar la atención de Yahir y ganarse su protección no era poca cosa.

Al parecer, la familia Valenzuela estaba a punto de tocar el cielo en Santa Fe, ¡nadie se atrevería a meterse con ellos!

Aunque le hervía la sangre tener que soltar a Bianca, sabía perfectamente que no era rival para Yahir Hernández. Si se atrevía a enfrentarlo, sus días en Santa Fe estarían contados, no habría lugar donde esconderse.

Tras varios cambios en su expresión, decidió ser pragmático y esbozó una sonrisa nerviosa.

—Todo ha sido un malentendido, un simple malentendido... Admito mi error, ¡le ofrezco mis más sinceras disculpas a la señorita Bianca!

Con un gesto rápido a sus hombres, gruñó en voz baja:

—¡Vámonos!

Qué pésima suerte.

El grupo entero se retiró apresuradamente, con el orgullo por los suelos y la cola entre las patas.

Al verlos desaparecer, Bianca soltó el aire retenido y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin control.

—Ya puedes soltarme —dijo Felisa, girándose hacia Bianca, que seguía aferrada a su brazo con fuerza.

—Felisa, me duele mucho la cara, y el cuerpo... —sollozó Bianca, negándose a soltarla y mirándola con ojos suplicantes.

La estaba llamando por su nombre con una sinceridad que nunca había mostrado, muy lejos del tono sarcástico con el que solía referirse a ella.

Felisa endureció la expresión a propósito.

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