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El Marido que no supo perder romance Capítulo 245

En su nerviosismo, uno de sus dedos del pie golpeó bruscamente contra la esquina de la mesa de centro de madera maciza.

—¡Ah...!

El dolor agudo la hizo tragar aire, y se inclinó, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

Rosendo frunció el ceño, cerró su computadora sin pensarlo dos veces y se acercó a grandes zancadas.

—Lo siento, no sabía que estabas trabajando —murmuró ella, apretando los dientes para soportar el dolor—. Me voy de inmediato, puedes continuar...

Antes de que pudiera terminar la frase, la imponente sombra del hombre la cubrió por completo.

Él se inclinó ligeramente y la levantó en brazos con un movimiento fluido. Una mezcla sutil del aroma a sándalo, bergamota y su gel de baño la envolvió de inmediato.

Sin decir una sola palabra, caminó hacia las escaleras llevándola en brazos.

Al sentirse levantada de golpe, el instinto hizo que Gretel se aferrara a la solapa de su pijama.

El pecho del hombre era firme y cálido; incluso a través de la fina seda, podía sentir los latidos profundos y constantes de su corazón.

—...Rosendo, bájame.

Al darse cuenta de la posición, sintió que las orejas le ardían. Forcejeó un poco, pero el movimiento hizo que el dedo del pie le punzara de nuevo.

—No te muevas.

Su voz era grave y ronca, denotando un rastro de cansancio.

—P-puedo caminar sola —respondió, apretando los labios y desviando la mirada, con las mejillas ardiendo de vergüenza.

Rosendo no respondió. Su agarre era tan firme que no dejaba espacio para negativas.

Llegaron frente a la puerta del dormitorio principal.

La sostuvo con un solo brazo por un instante mientras abría la puerta. Entró en silencio y la depositó con cuidado en la banqueta a los pies de la cama; luego se dio la vuelta para encender una pequeña luz nocturna.

En la cama, Valentina dormía plácidamente.

Había decidido que durmieran juntas porque le preocupaba que la niña extrañara a su madre en un entorno nuevo.

Tras encender la luz, Rosendo fue por el botiquín de primeros auxilios y se arrodilló sobre una pierna frente a ella.

—Rosendo, yo puedo hacerlo sola. Es muy tarde, deberías ir a...

Apenas pisó la planta baja, el timbre sonó de manera insistente.

Se puso un suéter ligero y se acercó a la puerta. En la pantalla del intercomunicador apareció el rostro de Lucas Paredes.

Gretel frunció el ceño.

Las últimas veces que lo había visto, las cosas habían terminado mal, y no tenía ganas de abrirle.

Pero Lucas no parecía conocer el significado de la palabra «rendirse». Al ver que nadie respondía, volvió a presionar el timbre.

Ella miró hacia las escaleras, tragó saliva y, superando la incomodidad, abrió la puerta.

Al entrar, la mirada de Lucas pasó por encima de ella, inspeccionando con fingido desinterés el lujo de la casa antes de soltar una risa burlona.

—Vaya, la doctora actuó rápido. Ya te instalaste como la dueña de la casa.

Su tono era mordaz y cargado de veneno.

—Cata sigue sufriendo en casa, soportando el tormento de su enfermedad, y tú aquí estás... viviendo como si nada en la casa de Rosendo.

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