—...Tienes fiebre, levántate y tómate la medicina —dijo ella, acercándole las pastillas a la boca.
Rosendo, aún medio dormido, abrió la boca y las tragó; luego, bebió dos sorbos de agua del vaso que ella le ofrecía.
Y justo cuando ella iba a retirar la mano, él la agarró por la muñeca.
—Me duele la cabeza.
Su ceño seguía apretado y su voz sonaba tan ronca que apenas se podía escuchar.
Gretel miró su muñeca apresada, pero no se zafó.
—Suéltame, te daré un masaje.
Él la soltó. Primero ella llamó a su asistente Héctor para decirle que se encargara de reprogramar a los pacientes del día, y luego se colocó detrás de él, apoyando los dedos en sus sienes.
Las suaves y delicadas yemas de sus dedos comenzaron a hacer movimientos circulares de forma lenta.
El ceño de Rosendo se relajó un poco, y su respiración se volvió más estable.
Después de un largo rato, al creer que se había vuelto a dormir, ella estaba a punto de retirar las manos, cuando él habló con voz ronca:
—Gretel Mendoza.
—...Sí, aquí estoy.
Él no dijo más.
Ella tampoco habló.
Media hora más tarde, una respiración profunda y constante provino del hombre en el sofá, y Gretel fue a la cocina.
Preparó un plato de sopa de fideos, le echó un huevo poché y, antes de servirlo, lo espolvoreó con cebollín.
Cuando llevó el plato a la mesa, Rosendo ya estaba despierto.
La manta estaba doblada cuidadosamente en una esquina del sofá; él estaba recostado allí, con el rostro aún algo pálido, pero con la mirada mucho más lúcida.
La observó colocar la sopa sobre la mesita, y su vista se detuvo por un segundo.
Sopa de fideos, un huevo poché y cebollín...
Igualito a aquel plato de hace tantos años.
En ese entonces todavía no estaban divorciados, y cuando él volvía de eventos de negocios, ella solía ir en silencio a la cocina.
A veces le preparaba una sopa de fideos, otras veces un vaso de agua con miel.
***
Durante la semana siguiente, Rosendo volvió a ausentarse, tal como lo había hecho antes.
La vida de Gretel retomó su ritmo habitual, pero había algo que le resultaba un tanto extraño.
—Dra. Mendoza, esta semana llegaron tres clientes nuevos, todos de cargos ejecutivos altos.
Héctor, revisando la agenda, hablaba con un entusiasmo que no lograba disimular.
—Y la esposa de uno de ellos pidió específicamente consultas psicológicas a largo plazo.
Gretel tomó la lista de citas y la revisó rápidamente.
Igual que los días anteriores, estos tres clientes nuevos indicaban como origen: «Recomendación de un amigo».
—¿Dijeron quién es ese amigo?
Héctor negó con la cabeza.
—Solo dicen que es por recomendación y que prefieren no dar el nombre.

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