Una sonrisa perfectamente ensayada se dibujó en el rostro de Emir.
"Es lo que corresponde hacer."
Arlet hizo un gesto sutil con la mano. El gerente del hotel se materializó a su lado como una sombra, presentando la terminal bancaria con movimientos precisos y discretos.
Emir contempló la pantalla por un momento. Cada número que tecleaba era como una puñalada a su cuenta bancaria, pero se consolaba pensando en el retorno que obtendría de esta "inversión". El dolor de ver evaporarse noventa millones se mitigaba con la dulce promesa de ganancias futuras.
El gerente observó la transacción con asombro apenas disimulado. La señorita Sandell había logrado, con unas cuantas palabras calculadas, lo que otros no conseguirían ni con mil argumentos.
Los presentes en la sala comprendían perfectamente el juego del joven Dávila, pero mantuvieron un silencio cómplice.
Se despidieron entre risas corteses y comentarios superficiales. Tan pronto como el automóvil de Emir desapareció en la distancia, la sonrisa dulce de Arlet se transformó en una mueca sarcástica.
"Vinimos a hacer obra social, no a alimentar aves de rapiña."
La familia Dávila era intocable para los Sandell, pero existían otros que no tenían tales restricciones. Un destello astuto iluminó los ojos de Arlet mientras las posibilidades se desplegaban en su mente.
Alexander llegó cuando el polvo del automóvil de Emir apenas se había asentado.
"¿Te dio problemas?"
Arlet negó con un movimiento suave.
"El señor Dávila expresó su deseo de participar en las próximas obras benéficas."
Los ojos de Alexander, enmarcados por sus elegantes gafas de montura dorada, adquirieron un brillo glacial.
"Vaya que tiene apetito el muchachito."
"¿Cómo manejaste la situación?"


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