Los tacones de Arlet resonaban contra el mármol mientras subía al segundo piso. De pronto, sus pasos se detuvieron en seco, como si una fuerza invisible la hubiera paralizado.
En medio del pasillo, bañado por la luz que se filtraba a través de los ventanales, se encontraba Isidro. Sus ojos, claros como el agua de manantial, la contemplaban con una pureza desconcertante - ni un atisbo de júbilo o condena, solo una serenidad que hacía que el peso del mundo sobre sus hombros se sintiera más ligero.
Con un movimiento fluido y solemne, Isidro juntó sus manos en posición de oración frente a ella.
"Señorita Arlet, en la bondad humana, nunca es suficiente hacer el bien; en la maldad, basta con un solo acto para definirnos."
La comisura de los labios de Arlet se tensó ligeramente.
"Si al hacer el bien, uno muere, ¿entonces qué sentido tiene?" Sus palabras cortaron el aire como una navaja. "Entre la vida y la muerte, entre el mal y el bien, elijo vivir."
Deseando escapar del peso de aquella conversación, Arlet desvió el tema hacia algo más pragmático.
"Señor, ¿la sombra de sangre sobre Maxi todavía está presente?"
"No se puede decir", respondió Isidro con voz serena.
Una respuesta que no la sorprendió en lo más mínimo.
Mientras observaba la figura de Arlet alejarse por el pasillo, Isidro murmuró con suavidad: "Amén."
Aquella palabra pareció flotar en el aire como una pluma, alcanzando los oídos de Arlet y provocando que una ligera sonrisa se dibujara en sus labios.
"Quizás esa es la diferencia entre los santos y los mortales", pensó.
...
La brisa fresca del aeropuerto agitaba suavemente el cabello de Arlet mientras se despedía de Maxi, quien no podía acompañarla debido a asuntos pendientes.
"No estoy segura si tu sombra de sangre ha terminado", le advirtió ella, sus ojos oscuros cargados de preocupación. "Sé cauteloso en estos días."
"Entendido." Maxi se inclinó, dejando un beso suave como una pluma en su mejilla.
A cierta distancia, Isabel observaba la escena con curiosidad contenida. Se acercó a Isidro, quien permanecía en silencio.
"Señor, ¿cree usted que Maxi y Arlet podrán alcanzar su felicidad juntos?"
Isidro mantuvo su mirada fija en el horizonte, guardando un silencio que pesaba más que mil palabras.
Desde la pista, Maxi contempló cómo el avión se elevaba majestuosamente hasta perderse entre las nubes blancas que moteaban el cielo. En la distancia, varios autos negros aguardaban, con Rex y su grupo apostados junto al cerco de seguridad.

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