Arlet permaneció inmóvil, observando cómo las luces traseras del vehículo se perdían entre el tráfico de la ciudad. Solo entonces, con movimientos deliberadamente casuales, acompañó al sacerdote hacia otro auto que los llevaría a su hotel.
Mientras tanto, Isabel regresaba al hotel con Luna, su rostro iluminado por la emoción del reencuentro. Sin embargo, al llegar a la habitación, solo encontraron una nota solitaria: Arlet se había esfumado sin dejar rastro.
Con la precisión de un relojero, Arlet había calculado el momento exacto para hacer su llamada, evitando que la preocupación echara raíces en sus compañeras. Su voz, serena y controlada a través del teléfono, actuó como un bálsamo para sus inquietudes.
Isabel comenzaba a descifrar el rompecabezas. La presencia del sacerdote no era casualidad; tenía un propósito específico. Si Arlet había decidido mantenerla al margen, sus razones debían ser sólidas.
La transacción con Arlet había sido generosa, lo suficiente para comprar el silencio necesario.
Las luces de neón bañaban las calles en un resplandor artificial mientras Arlet recorría la ciudad por segunda noche consecutiva. El sacerdote permanecía en la seguridad del hotel, como un ancla en medio de la tormenta que se avecinaba.
La madrugada envolvía la ciudad en sombras cuando Arlet emprendió el regreso al hotel. Sus sentidos, agudizados por años de experiencia, detectaron las figuras amenazantes que se acercaban antes de que entraran en su campo visual. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios mientras calculaba distancias y ángulos.
Con la fluidez de un bailarín experto, su pierna describió un arco perfecto en el aire. El impacto envió al primer atacante volando como una marioneta con los hilos cortados. Sin perder un segundo, su mano libre extrajo la pistola con un movimiento fluido, el cañón encontrando su lugar en la frente del segundo agresor.
Los vagabundos que presenciaban la escena desde las sombras soltaron silbidos de admiración, manteniéndose a una distancia prudente.
El hombre bajo la mira de Arlet alzó las manos temblorosas, el miedo goteando de cada palabra.
"Por favor, no me mates. No queríamos problemas."
La voz de Arlet cortó el aire como un cuchillo.
"¡Lárguense!"
Los agresores se dispersaron como hojas al viento, el eco de sus pasos resonando en los callejones oscuros.
Mientras se alejaba del lugar, fragmentos de una conversación cercana captaron su atención. Un grupo de vagabundos discutía sobre un enfrentamiento violento en el Hotel San Rafael, advirtiendo a otros que evitaran la zona.
Sin dudarlo, Arlet cambió su rumbo hacia el hotel mencionado. Para cuando llegó, las luces de las patrullas teñían las paredes de azul y rojo, y los oficiales ya habían establecido un perímetro.


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