Los incesantes gritos resonaban sin parar, pues cuarenta y cinco personas estaban siendo brutalmente golpeadas por apenas unos cuantos hombres, pero aun así eran completamente incapaces de defenderse. Era como si un grupo de niños se enfrentara a varios adultos, una opresión unilateral.
"Señorita Sandell, he errado." Dijo Rodrigo y con un golpe sordo, fue lanzado contra una columna por un guardaespaldas, para después deslizarse al suelo. Los demás enfrentaban a siete u ocho personas cada uno, pero Rodrigo tenía un trato especial, uno a uno, lo que lo hacía querer llorar.
Tras un fuerte golpe en el rostro, Rodrigo escupió de sangre.
Estaba en una situación lamentable, y sus secuaces no estaban mucho mejor, eran igual de desdichados, gritando uno tras otro. Los maleantes se lamentaban con voces que helaban la sangre.
Guillermo e incluso todos en la cocina observaban en silencio, boquiabiertos.
"Esos hombres son muy guapos." Comentó una mesera, que no podía dejar de admirarlos.
"Qué machos." Dijo otra empleada y alguien más la secundó: "Así debe ser un hombre."
"Cuando busque novio, quiero uno así, que pueda protegerme." Dijo la mesera más bella y el ayudante de cocina que estaba secretamente enamorado de ella murmuró: "Si algún día discuten, ni siquiera podrás ganarle en una pelea. Él podría acabarte con una sola mano."
La mesera se quedó sin palabras y las demás empleadas también, pero esas palabras hicieron que su admiración y respeto se desvanecieran un poco.
"¿No será peligroso seguir así?" Preguntó uno de los presentes y el chef principal, Florian, quien había permanecido en silencio, finalmente habló: "No lo será. Ellos saben lo que hacen y están evitando golpear puntos vitales. Parece terrible, pero en realidad, es solo dolor por unos dos o tres meses, con un descanso en cama y estarán bien."
Todos quedaron petrificados al escuchar su explicación.
Media hora más tarde, Arlet se giró levantando la mano ligeramente, y los seis intimidantes guardaespaldas detuvieron su acción. Maxi acercó una silla y Arlet se sentó con gracia.
Rodrigo y sus secuaces, uno tras otro, se arrodillaron ante ellos.
"Señor Sáenz, vea el desastre que han causado. Mi restaurante, que con tanto esfuerzo levanté, quedó destruido en un abrir y cerrar de ojos. Todo eso era mi esfuerzo." Dijo Arlet y miró alrededor sintiendo pena, pues el restaurante estaba en ruinas.
En realidad, podría haber esperado a que se fueran para actuar, pero no lo hizo. Quería defender a sus empleados y darles una satisfacción.
Como jefa, al ver a sus empleados siendo intimidados, definitivamente tenía que defenderlos y tomar venganza delante de ellos, para que supieran que la justicia existía sin importar las clases sociales o cualquier otra cosa, pues Arlet sí pensaba que todas las personas eran iguales y merecían ser respetadas.
¿Por qué la gente de clase baja debería soportar ser intimidada?
Ella misma había sido una de ellos, viviendo al albedrío de otros, incluso teniendo que disculparse humildemente sin estar en falta.
Si había vuelto a la vida, era para vivir a su antojo y si tenía el poder, entonces debería usarlo para defender a sus empleados.

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