"Ustedes no deberían perdonarla." De repente, detrás de ellas sonó una voz juvenil y ambas se voltearon, posando simultáneamente su mirada en el joven que había aparecido.
Fidel, bajo la intensidad de esas miradas, se sintió algo incómodo, eso hizo que su rostro juvenil y guapo se tiñera de un ligero rubor.
¡Qué joven tan puro y guapo! ¡Qué ojos de seductor tiene!
Los ojos de Isabel brillaron intensamente al ver a ese joven y casi se babea, pues ella se dejaba llevar por la apariencia, además, pensó para sí misma: "Ese chamaco es simplemente irresistible."
Arlet, por otro lado, no estaba tan impresionada como Isabel. Antes ya le había echado un vistazo rápido, y en ese momento, al observar detenidamente al joven, no pudo evitar reconocer su belleza.
"¿Por qué dices eso?" Preguntó Arlet.
Al ver que los ojos de Arlet eran claros y no como los de la hermosa señorita de al lado, que parecía querer devorarlo, Fidel se sintió un poco más calmado y explicó lo que pensaba: "Porque la chica de antes no estaba sinceramente arrepentida."
Había escuchado la conversación entre las tres.
La chica parecía tener una buena actitud y sus palabras eran sinceras, pero él simplemente sentía una falsedad indescriptible en ella.
Arlet asintió y al ver que ella no se sorprendía, Fidel preguntó sorprendido: "¿Lo sabías?"
"Sí." Respondió Arlet tranquilamente.
"Entonces, ¿por qué...?" Fidel estaba confundido.
"¿Quieres decir, por qué la perdoné?" Indagó Arlet y el joven asintió.
"No es que la perdonara, es que no tomé su acción en serio. Solo fue algo sin importancia." Contestó Arlet, pero Fidel no entendía completamente.
"Fidel, ¿cómo llegaste aquí?" La madre de Fidel llegó apresuradamente, saludando con un leve gesto a Arlet e Isabel antes de llevarse a Fidel.
Fidel entró a la habitación y vio a un hombre de mediana edad sentado en el sofá, con un porte imponente y una presencia que emanaba autoridad.
Fidel examinaba al hombre, quien a su vez lo observaba detenidamente.
"¿Es él?" Preguntó el hombre, con su mirada escudriñando a Fidel.
"Sí, él es tu hijo. Ahora te lo devuelvo." Dijo la mujer y Fidel la miró confundido, agarrándose instintivamente de su manga.
El hombre soltó una carcajada ligera y cuestionó "¿Entonces porque dices que es mi hijo tengo que creerlo? ¿Acaso has olvidado lo que hiciste? ¿Piensas que soy tan tonto como para criar al hijo de otro hombre?"
La mujer, ya no tan joven, mostraba un viso de súplica en su rostro cuando intentó decir: "Lo de aquel entonces, yo..."
El hombre se rio con desdén y cuestionó: "¿Qué, no puedes seguir?"

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