La penumbra del salón se veía interrumpida por un peculiar destello que emanaba del sofá, como una luciérnaga solitaria en la oscuridad. Al adaptarse sus ojos a la escasa luz, los hermanos distinguieron el origen de aquel resplandor: una cabeza completamente rasurada que brillaba con un fulgor casi sobrenatural.
Arlet parpadeó varias veces, desconcertada. ¿Era su imaginación o el brillo de aquella cabeza aumentaba con cada segundo que pasaba?
"Señor Isidro..."
En el silencio de la noche, la silueta del sacerdote permanecía sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra persa, tan inmóvil que bien podría confundirse con una aparición.
"No interrumpas su meditación. Mejor vamos a descansar."
El señor parecía haber encontrado en su sala de estar un santuario personal, un espacio donde frecuentemente se sumergía en profunda contemplación.
Después de una noche tan intensa, el cansancio pesaba sobre los hombros de ambos hermanos. Decidieron retirarse a sus habitaciones, dejando a Isidro absorto en su mundo espiritual. ¡Que siguiera con sus asuntos!
A la mañana siguiente, mientras Arlet se preparaba para salir, una presencia silenciosa se materializó tras ella.
"Señor, me dirijo a la facultad."
"Eso no es verdad", respondió Isidro con voz serena pero firme.
"Tengo asuntos importantes que atender y no sería apropiado que me acompañe", explicó Arlet, manteniendo la compostura.
Los ojos cristalinos del sacerdote la observaron con penetrante calma. "Estás mintiendo."
Ante la acusación directa de Isidro, Ingrid apareció en escena como convocada por un conjuro.
"¿Arlet, le estás diciendo mentiras al señor? No puedo creer que seas capaz de engañarlo", Ingrid tomó partido inmediatamente por el sacerdote.
Ante la presencia imponente de Isidro, que irradiaba un aura de nobleza y desapego terrenal, Arlet no tuvo más remedio que claudicar.
"De acuerdo, lo admito. Voy a reunirme con alguien."
"No es así. Libertad, seguir, tú prometiste", articuló el señor con parsimonia.
A pesar de su sintaxis fragmentada, Arlet comprendió el mensaje. Un recuerdo iluminó su mente.
¡Claro! Para convencerlo de asistir a la cena, no solo había apelado a la compasión por los niños desamparados, sino que también le había prometido que después podrían librarse de otras complicaciones y él tendría permiso de acompañarla.
Palabras dichas al viento que él había tomado como un compromiso solemne.


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