Las palabras de Arlet apenas habían abandonado sus labios cuando Jesper comprendió la urgencia de la situación. Con movimientos precisos pero limitados por el denso tráfico, comenzó a maniobrar el vehículo hacia el costado de la carretera. El rugir de los motores y el ocasional claxon impaciente acompañaban cada centímetro ganado hacia la orilla.
En cuanto el auto se detuvo en el acotamiento, Isidro descendió con una calma que contrastaba dramáticamente con la tensión del momento. Su figura erguida y serena parecía fuera de lugar en medio del caos vehicular.
Marcus y Jesper lo siguieron, sus pisadas resonando contra el asfalto caliente.
"Señor Hernán, ¿qué sucede exactamente?" preguntó Marcus, su voz teñida de preocupación.
Isidro permaneció en silencio, su mirada fija en la corriente de vehículos que fluía ante ellos como un río metálico.
Arlet observó, con creciente inquietud, cómo la procesión de autos comenzaba a ralentizarse hasta detenerse por completo, como si una mano invisible hubiera cerrado la llave del flujo vehicular.
"Parece que hay problemas más adelante," murmuró Arlet.
La revelación llegó en forma de una imagen aterradora: a unos cien metros de distancia, un camión cisterna yacía volcado, rodeado por varios automóviles compactados como acordeones metálicos.
Jesper y Arlet intercambiaron una mirada cargada de horror. Sus mentes, sincronizadas por años de hermandad, llegaron a la misma conclusión devastadora.
"¡Salgan todos del auto, rápido!" gritaron al unísono.
Los ocupantes del vehículo los miraban con expresiones de desconcierto. Una ventanilla se deslizó hacia abajo.
"¿Qué está pasando?"
"¡El camión cisterna puede explotar en cualquier momento!" La voz de Arlet resonó con urgencia mientras se lanzaba entre los vehículos detenidos, alertando a los conductores más cercanos al accidente.
Jesper corrió hacia el epicentro del desastre, donde varios conductores continuaban discutiendo, ajenos al peligro inminente.
"¡Tienen que salir de aquí inmediatamente!"
"¿Y tú quién eres para darnos órdenes?" cuestionó uno de ellos, su rostro una máscara de confusión e indignación.
"¡Muévanse! ¡Esto puede estallar en cualquier momento!"
La incredulidad inicial se transformó en pánico cuando alguien notó el combustible que goteaba del tanque, formando un charco oscuro y amenazador sobre el asfalto. Los rostros se contrajeron de miedo y los cuerpos se movieron con renovada urgencia, arrastrando a sus seres queridos lejos del peligro.
Jesper se aproximó al camión cisterna. A través del parabrisas astillado, distinguió al conductor inconsciente, su rostro manchado de sangre. Sin dudarlo, su puño atravesó el vidrio ya agrietado. Con determinación y esfuerzo, comenzó a extraer al hombre del habitáculo retorcido.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Karma