Su esposa vestía diferente a como solía hacerlo, había dejado atrás los rígidos trajes sastre y ahora lucía elegante, como si se hubiera arreglado cuidadosamente para una cita.
Damián se sintió incómodo y sacó su teléfono para llamar a Aitana.
Apenas contestó, él preguntó con frialdad:
—¿Dónde estás?
Después de una pausa, Aitana respondió:
—¿Acaso tengo que informarte de cada lugar al que voy? Damián, nos vamos a divorciar.
—Esa es solo tu decisión unilateral —replicó Damián.
Aitana soltó una risa amarga:
—¿Ah, sí?
No quería seguir discutiendo con él y, conteniendo sus emociones, dijo con toda la suavidad posible:
—¡Ya no te sirvo para nada! ¿No podemos separarnos en buenos términos? Damián, la verdad es que ya no puedo...
—¡Aitana!
Damián la interrumpió.
Su voz sonaba apresurada y ansiosa, no quería que ella pronunciara esa palabra.
Dos niños, uno llamado Mateo y otra Lucía.
Ese había sido su sueño compartido.
Sin hijos, parecía que ya no quedaba ningún motivo para que Damián y Aitana siguieran juntos. En ese momento, un inexplicable apego lo golpeó como una avalancha, tomando a Damián por sorpresa. No lograba distinguir cuánto sentimiento verdadero tenía por Aitana.
En medio de la tensa atmósfera, Aitana recibió otra llamada.
Era la empleada que cuidaba a su abuela.
Sin pensarlo, Aitana colgó la llamada con Damián y contestó a la empleada, quien sonaba muy alterada:
—¡Señorita Balmaceda, ha ocurrido algo terrible!
—Vino una mujer y alteró tanto a la señora que le dio un ataque al corazón. Por suerte tenía la medicina en su mesita de noche y pudo tomarla ella misma, si no, no quiero ni pensar en las consecuencias.
Aitana palideció por completo.
Al colgar, le dijo a Miguel:

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