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El Karma de tu Traición romance Capítulo 8

Axel seguía riéndose sin ganas de ocultar su actitud de niño malo.

—En el asiento del copiloto solo se sienta mi novia. Piénsalo bien y súbete.

Vera se negó. Apretó los labios con terquedad y se le quedó viendo fijamente, retándolo con la mirada sin decir una sola palabra. Estaba ahí parada, tan fría y tensa que parecía levantar un muro a su alrededor.

Axel fue el primero en ceder; dio un paso hacia ella, se inclinó y apoyó ambas manos sobre el coche, dejándola acorralada.

—Te ves muy estresada —le propuso, intentando negociar—. Te invito a relajarte por un mes. Si después de eso me sigues bateando, te dejo en paz.

Le dijo que vivía demasiado reprimida, que estar en la universidad y seguir obedeciendo a sus papás sin haberse divertido nunca era súper aburrido, así que se comprometió a enseñarle a disfrutar la vida durante un mes.

A divertirse a lo grande.

Vera le creyó, pero Axel no cumplió su palabra.

Durante ese mes, hicieron paracaidismo, se aventaron del bungee, escalaron, nadaron, exploraron cuevas e hicieron rapel...

Vieron el amanecer, el atardecer y las estrellas desde la montaña.

Axel era capaz de pasarse la noche entera fuera de su casa de campaña, haciéndola reír, luego haciéndola enojar hasta llorar, para después portarse como un tonto para contentarla.

La llevó a probar absolutamente todo lo que había para hacer en Solara.

Por primera vez en su vida, Vera le mintió a su familia y no pisó su casa en todo el mes. Ese pequeño acto de rebeldía siendo siempre la niña buena le dio una emoción que guardaba en secreto.

Pero, cuando el mes terminó, el hechizo se rompió.

Durante ese tiempo, el hecho de que Axel anduviera tras de ella se volvió la comidilla de toda la Universidad Central. La iba a dejar y a recoger todos los días sin importarle que lo vieran, y sus nombres estuvieron circulando en el foro escolar por un buen rato.

El mundo en Solara era pequeño, y el chisme no tardó en llegarle a Teresa.

Su mamá la llamó para darle un buen regaño, advirtiéndole que no volviera a mentirle y que se diera a respetar.

A Vera se le llenaron los ojos de lágrimas por el coraje; lo mordió sin piedad y empezó a soltar manotazos, dejándole la mitad del cuello completamente roja a Axel.

Él soltó un quejido ahogado contra sus labios. Aunque le ardía y sentía el cuello entumido, no la soltó. Entre balbuceos, Vera le reclamó que no cumplía sus promesas, pero la voz de Axel sonó más ronca e intensa.

—Me vale madre la promesa, me gustas —dijo—. Y vas a ser mía.

Vera podía ser tan fría como el hielo, pero con los besos de Axel se derretía por completo. Dejó de pelear, le pasó los brazos por el cuello y le devolvió el beso con torpeza.

Quería recuperar el control en medio de ese beso.

Sus dientes chocaban contra los labios de él, sus narices se rozaban. La respiración ardiente de Axel, sus brazos fuertes y la manera tan desesperada en la que la besaba, la convencieron por completo.

Estaba segura de que Axel realmente estaba enamorado de ella.

Entonces, si él había deseado con tanta pasión estar con ella, ¿por qué de la nada decidió que ya no la amaba?

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