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El juguete del abogado romance Capítulo 193

La oficina de Cristian parecía haberse mudado a los rincones muertos de su departamento. Hacía semanas que no pisaba el bufete, que no abría un expediente ni intentaba pensar en otra cosa que no fuera su esposa en coma y su hijo recién nacido.

Un hijo que no había dejado de exigir su atención, convirtiéndose en una alarma andante que solo se calmaba con su voz.

Ahora lo entendía todo.

Aquellas insistencias de Estefanía durante el embarazo, obligándolo a pegarse a su barriga y hablarle al bebé noche tras noche, no habían sido un simple capricho.

Era un lazo invisible.

Para el pequeño el vientre materno había sido su único universo conocido: la voz de su madre era su refugio, el sonido que calmaba sus latidos.

Pero Estefanía ya no estaba disponible.

Y en medio de ese vacío aterrador, el bebé se aferró a lo único familiar que le quedaba en el exterior: su voz.

En la madrugada exigía entre gritos que fuera él —únicamente él— quien lo meciera hasta agotarlo.

Entre las idas y venidas al hospital, su vida entera se había reducido a tararear canciones a media voz, sostener una mano inerte que jamás devolvía el apretón, y tragarse una y otra vez el sabor amargo de las últimas palabras del médico.

—A este nivel de coma prolongado son frecuentes los espasmos musculares y los reflejos involuntarios en las extremidades —explicó el doctor luego de que Javier declarara haber sentido algo—. No hay actividad cortical significativa en los monitores. Lo que sentiste fue un reflejo nervioso, no un estímulo consciente.

Había pasado una semana desde entonces.

Siete días enteros donde le suplico a Estefanía que también le diera una señal de que lo escuchaba.

—¿Qué necesitas que haga, Estefanía? —le murmuró al oído, con la frente apoyada contra la suya, en un tono que iba desde el ruego a la rabia—. ¿Quieres que ate a tu hermano a esta maldita cama? ¿Que le ordene que no cese de hablarte ni un solo segundo, que te taladre los oídos hasta que te aburras de ignorarnos?

Un trago amargo le quemó el pecho antes de soltar lo que más temía admitir.

—Perdón. Lo lamento... Sé que hice cosas, que cometí errores, y que debo estar al final de tu lista de prioridades. Entiendo perfectamente si no soy un motivo suficiente para que decidas volver.

Apretó los dientes con fuerza sintiendo una humedad en los ojos que hasta ese momento le resultaba desconocida.

—Pero dime... ¿Qué piensas de nuestro hijo? —su voz se quebró por primera vez en años, perdiendo toda la dureza que lo caracterizaba—. ¿No quieres regresar por él? Él te necesita aquí. Y yo... maldita sea, yo te necesito a ti.

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