El aire se volvió pesado, un poco tenso.
Vanesa no dijo nada. Andrés comenzó a reclamarle palabra por palabra.
—Ella está muerta. ¿Sabes lo trágico que fue el día que murió? Podría haberse salvado, todo dependía de una sola palabra tuya.
Andrés le echó toda la culpa a Vanesa.
—Pero te negaste. Empujaste a una persona viva a la muerte —la voz de Andrés no era fuerte, pero cada frase buscaba herir.
—¿Cuántos años tenía Jazmín? Solo veintiséis... Y su vida se acabó. ¿Hizo algo malo? No hizo nada malo.
—Vanesa, así nunca vas a ser feliz. El karma te va a alcanzar.
Andrés la estaba maldiciendo.
Vanesa lo miró con calma, sin responder.
No tenía sentido discutir con alguien que había perdido la razón.
Cualquier cosa que dijera solo alteraría más a Andrés.
Vanesa intentó irse, pero él no se lo permitió.
Parecía que se había obsesionado.
—¡Andrés, suéltame! —le exigió Vanesa en voz baja.
Él la tenía agarrada del brazo.
Por un instante, Vanesa vio intenciones asesinas en los ojos de él.
Quería matarla.
El corazón de Vanesa se puso en alerta.
Pero al instante siguiente, la imponente figura de Fabio apareció frente a ella.
Se escuchó el crujido de un hueso en el aire.
Andrés, adolorido, la soltó de inmediato.
En un segundo, Vanesa volvió a los brazos de Fabio.
La mirada de Fabio era oscura mientras se clavaba en Andrés:
—Andrés, no me obligues a ponerte las manos encima, ¿entendido?
Era una advertencia absoluta.
Luego, sin siquiera volver a mirarlo, se llevó a Vanesa de ahí.

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