Vanesa no hizo el menor intento de evadir la mirada.
Ante la actitud altiva de Graciela, la rechazó con el rostro inexpresivo.
—Paz no tiene absolutamente nada que ver con la familia Serrano —sentenció sin rodeos.
Una sola frase bastó para que el semblante de Graciela se desfigurara.
Pero Vanesa no había terminado: —Cuando Paz los necesitó, su familia no movió un dedo. Peor aún, encubrieron a Giselle Rivas mientras intentaba matarla, negándole incluso la atención médica más básica. Hoy por hoy, usted no tiene el menor derecho a pararse frente a mí y reclamar que Paz es su nieta.
—Además, la familia Jiménez fue quien la salvó y la cuidó. ¿Qué tiene de malo que viva con ellos?
—Los Jiménez la adoran; siempre la han tratado como a su propia sangre. Y si comparamos el prestigio actual de ambas familias, los Serrano son los que van perdiendo.
—¿Cree que soy estúpida? Qué clase de persona normal sacaría a su hija de un entorno amoroso para lanzarla a un hogar que es infinitamente peor.
—Dígame, señora Galván, ¿no cree que tengo toda la razón?
Las palabras de Vanesa fueron afiladas como navajas, sin dejarle a Graciela ni un segundo para respirar.
—Por si fuera poco, usted ya tiene un nieto. No hay necesidad de que se obsesione con la hija de otra persona.
—Y dígame algo más, ¿ya le consultó esto a Fabio? Él ni siquiera se ha atrevido a tocar este tema conmigo. ¿Con qué descaro viene usted a exigirme algo así?
Al terminar de hablar, Vanesa la observó con absoluta frialdad.
El rostro de Graciela se tiñó de un rojo púrpura, ahogada en una mezcla de vergüenza y humillación.
Jamás imaginó que la joven a la que antes podía gritarle a su antojo, ahora tuviera la audacia de darle sermones.
—Vanesa, tú... —escupió Graciela, señalándola con el dedo de manera instintiva.
A Vanesa no le importó en absoluto.
De un manotazo apartó la mano de la mujer: —Y le advierto algo: estamos en la capital.
El mensaje implícito era claro: este no era el territorio donde ella podía hacer lo que le viniera en gana.
Si Vanesa quería arruinarle la vida allí, podía hacerlo en cualquier momento.
¿Cuándo había tenido Graciela que tragarse semejante afrenta?
Su rostro se retorció en un instante.
—¡Escúchame bien, Vanesa! ¡Paz es sangre de los Serrano y tiene que volver con nosotros! ¡Si no, te juro que esto no se quedará así! —bramó.
El restaurante era un lugar elegante y tranquilo.
Los gritos de Graciela no tardaron en atraer miradas curiosas.

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