Dentro del salón.
Andrés estaba sentado, esperando.
Al verla entrar, se puso de pie de inmediato y caminó hacia ella.
Vanesa pudo notar la profunda angustia reflejada en su rostro.
Lo miró en silencio, sin tomar la iniciativa de hablar.
En realidad, no había pasado tanto tiempo desde la última vez que se vieron.
Pero era evidente que esas semanas lo habían consumido.
No quedaba nada del hombre elegante y seguro de sí mismo que ella conocía.
Estaba visiblemente más delgado.
Antes, siempre llevaba el rostro perfectamente afeitado y pulcro.
Ahora, una espesa capa de barba descuidada cubría sus mejillas.
Lucía verdaderamente acabado.
Pero ella no hizo ningún comentario sobre su apariencia.
—Andrés —lo saludó con frialdad y cortesía.
Él ya estaba frente a ella.
—Vanesa, te lo ruego, necesito tu ayuda. Por el tiempo que estuvimos juntos, por el cariño que alguna vez nos tuvimos.
—Dime —respondió ella, impasible.
—Tú conoces perfectamente mi situación con Jazmín —empezó, yendo directo al grano.
Vanesa asintió.
—Sé que atropellarte fue culpa suya. No hay forma de justificarlo.
—Pero el mayor responsable de todo esto soy yo. Porque, por nuestra situación familiar, nunca pude darle un lugar públicamente, y eso la volvió muy inestable emocionalmente.
—Después, cuando tú y yo íbamos a casarnos, ella tuvo un colapso mental. Pasé mucho tiempo consolándola, intentando hacerle ver cómo estaban las cosas. Y parecía que lo había aceptado.
Andrés le relató su versión de los hechos.
Esa era una parte de la historia que ella no conocía.

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