Aunque intentaron mantener un perfil bajo en el parque,
alguien los reconoció.
—¿Ese no es el señor Serrano y Vanesa Arias?
—¿Estás segura?
—¡Es en serio, míralos! ¿Será que volvieron a estar juntos?
...
Los murmullos no tardaron en esparcirse.
Los visitantes del parque no solo eran de la capital, sino de todo el país e incluso del extranjero.
Por lo que no era extraño que los turistas que venían de Jalapa los reconocieran de inmediato.
También había visitantes de Monterrey.
Al escuchar los cuchicheos, Fabio frunció el ceño levemente.
Por el contrario, Vanesa se mantuvo completamente imperturbable.
—Iré a encargarme de esto —dijo él, escueto.
—No importa. ¿Acaso no es un hecho que estamos juntos en este momento? —respondió ella con franqueza—. Que digan lo que quieran. Me da igual.
Esa actitud tomó por sorpresa a Fabio.
La miró con una expresión seria y profunda.
—¿No te preocupa que los rumores sobre nosotros arruinen tu reputación? —preguntó con calma.
Vanesa alzó una ceja, totalmente serena:
—Con mi estatus como la heredera de la familia Urbina, es imposible que pierda mi valor. Al menos estoy en una mejor posición que cierto presidente en bancarrota, que tal vez termine necesitando que alguien más lo mantenga.
—Es verdad —rió Fabio en voz baja, sin molestarse en lo más mínimo.
De hecho, le dio la razón con tanta facilidad que la dejó sin palabras.
Vanesa decidió no decir nada más.
Compró un montón de pequeños artículos variados.
Fabio pagó todo y pidió en la tienda que enviaran los paquetes directamente al hotel.
Luego, continuaron su paseo.
Cuando ella se cansaba, él se sentaba a acompañarla.

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