Fabio seguía allí parado, como si nada hubiera pasado.
Incluso se tomaba su tiempo para secarse el cabello con la toalla.
Sin prestarle la menor atención a la furia de Vanesa.
—¡Fabio Serrano, ¿no crees que te estás pasando de la raya?! —le reclamó Vanesa indignada.
Fabio emitió un murmullo que no confirmaba ni negaba nada.
Vanesa, sin pensarlo dos veces, comenzó a gritarle.
Pero él ni siquiera hizo el intento de defenderse.
Esa actitud pacífica de Fabio la desarmaba por completo.
Y cuanto más lo pensaba, más coraje le daba.
Hasta que...
Abrió los ojos de par en par, mirándolo con absoluta incredulidad.
Porque ese hombre se había inclinado y le había robado un beso.
Fue como si, en un solo segundo, aquel beso asfixiara todo su enojo.
Dejándola sin palabras.
En medio de aquel beso arrollador, comenzó a ceder poco a poco.
Perdiendo cualquier rastro de resistencia.
Incluso sentía cómo, a través de sus labios, Fabio intentaba consolarla.
No era como antes, cuando su único objetivo era llevarla a la cama.
Esta vez, había un sentimiento profundo.
El mismo que Vanesa tanto había anhelado.
Eso la volvió más pasiva, haciendo que su cuerpo se tensara.
—Creo que casi nunca nos habíamos besado así, ¿verdad? —murmuró Fabio de repente, separándose de ella.
Vanesa se quedó callada.
Era cierto, no solían besarse.
Sin sentimientos, ¿cómo iba a haber besos?
En el pasado, Vanesa intentaba besarlo, pero él siempre marcaba su distancia.
—Entonces, a partir de ahora, lo haremos más seguido —concluyó Fabio con naturalidad.
Vanesa lo miró, perpleja: —Fabio, ¿te estás aprovechando de la situación? Yo no te di permiso, ¿por qué me besas?
—No pude contenerme —admitió él sin tapujos.
Esa franqueza la dejó desarmada, incapaz de articular respuesta.
Decidió simplemente ignorarlo.

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