Como las cirugías reconstructivas de Vanesa y Carla habían sido obra de Fabián.
Cuando Carlos fue a buscarlo, Fabián se negó rotundamente de manera bastante descortés.
Para ser exactos, lo rechazó a través de su asistente.
Carlos ni siquiera llegó a verle la cara.
Toda la información que se podía investigar sobre él era básicamente falsa, no se podía encontrar ninguna falla.
Por eso, Fabio necesitaba verlo en persona.
Y esa conexión tenía que gestionarse a través de Sebastián.
—¿Qué es lo que quieres hacer? —preguntó Sebastián con calma.
—Preguntar algo, no interferirá con su ámbito profesional —aseguró Fabio.
—Te ayudaré a programar una cita, te aviso cuando tenga noticias. Pero tiene un carácter bastante excéntrico —fue directo Sebastián—. No te garantizo que acepte.
—De acuerdo —asintió Fabio.
Luego de eso, Fabio colgó el teléfono.
Se quedó de pie, en absoluto silencio, frente al ventanal de la oficina, inmóvil.
Poco después, el celular volvió a vibrar. Era una llamada de Giselle.
Evidentemente, los paparazzi ya habían captado a Fabio y Vanesa juntos en el hospital.
Giselle no tardó en llamar, pisándole los talones, para interrogarlo.
Fabio miró la pantalla en silencio, inexpresivo.
Una leve chispa de fastidio cruzó por su mirada.
Como si la paciencia que alguna vez le tuvo a Giselle se hubiera esfumado por completo.
Tras un largo rato, finalmente contestó.
No dijo una palabra; simplemente dejó el teléfono a un lado con desdén.
La voz de Giselle se escuchaba bajito, exigiéndole explicaciones.
Sin embargo, en su tono no se atrevía a sonar demasiado exigente.
—Fabio, ¿estás en Monterrey? —preguntó Giselle con extrema cautela.
Incluso había cierto ruego adulador en su voz.
Fabio bajó la mirada y empezó a tamborilar los nudillos sobre el escritorio de forma rítmica.
Como si solo estuviera escuchando, sin intención de responder.
—Fabio, te lo juro, ya no tengo más opciones. Tienes que creerme. Pero, al menos, Santiago es tu hijo, ¿verdad? Yo no te he mentido —la voz de Giselle se tornó aún más suave y suplicante—. Por favor, no te enojes conmigo por esto, ¿sí?
Él no contestó.
Mientras más callaba, más aterrorizada se sentía Giselle.
Por lo que siguió probando el terreno sin descanso.
—En ese momento, yo de verdad no sabía nada —se excusó—. El doctor que busqué tuvo un accidente después, así que tampoco tengo claro qué fue lo que pasó. Solo me enteré de todo hasta el final, cuando fui a recoger a Santiago.
Era una verdad a medias.
Giselle, efectivamente, no sabía qué había ocurrido entonces.
Siempre creyó que el bebé había nacido de forma normal.
Resultó que se enteró de último minuto que había habido complicaciones.
Sumado a los múltiples fracasos anteriores, el doctor, para curarse en salud, había buscado a otra donante.
De tal forma que, al final, Giselle recogió a un bebé cuya madre biológica le era un completo misterio.

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