El rostro de Don Armando, que ya estaba sombrío, se transfiguró en una máscara de indignación pura.
Vanesa ni siquiera respiraba fuerte.
Conocía a la perfección el temperamento volcánico de Julián, pero en medio de aquel fuego cruzado, era ella quien terminaba atrapada entre la espada y la pared.
—Julián... —suplicó en un susurro, intentando detenerlo.
Él simplemente la tomó por los hombros y la hizo a un lado.
—Tú quédate ahí y no digas nada. Se ve que ni para defenderte sirves. Aquí, el único con derecho a reclamarle algo a Vanesa soy yo. Nadie más.
Esa simple frase bastó para llevar la furia del anciano al punto de ebullición.
Estaban a segundos de que ambos hombres llegaran a los golpes.
Afuera, el mayordomo escuchó los gritos y no dudó en irrumpir en la sala.
—Te lo dejo muy claro, abuelo —sentenció Julián sin vacilar—. Mientras yo respire y siga apoyándola, nadie en esta casa se atreverá a tocarle un pelo a Vanesa. Si accedí a traerla hoy, no fue para que te divirtieras humillándola; vine para dejarte claro que nosotros nos encargaremos de este asunto a nuestra manera. Y te exijo que te mantengas al margen.
El ultimátum fue rotundo.
El mayordomo y Vanesa intercambiaron miradas de pánico, sabiendo que intervenir sería echarle leña al fuego.
Ambos conocían muy bien lo implacable que podía ser Julián cuando se le cruzaban los cables.
Cualquier intento de calmarlo solía tener el efecto contrario.
El mayordomo corrió hacia Don Armando, tratando de evitar que sufriera un infarto por la impresión.
Mientras tanto, Julián agarró a Vanesa del brazo y la arrastró fuera del despacho, cerrando las pesadas puertas tras de sí con un golpe que resonó por toda la mansión.
Aún a través de las gruesas paredes se escuchaban los insultos amortiguados de Don Armando.
Pero ya daba igual.
Si el patriarca hubiera tenido alguna autoridad real sobre Julián, las cosas jamás habrían llegado a este extremo.
Poco después, Julián subió al coche, llevando a Vanesa a su lado.
Una vez que dejaron atrás los límites de la propiedad de los Jiménez, Vanesa finalmente rompió el tenso silencio.
—No debiste hablarle así a Don Armando. Es completamente natural que esté furioso —suspiró ella, frotándose las sienes.
—Ah, ¿entonces quieres que dé la vuelta al coche para que regreses y sigas recibiendo sus insultos? —replicó Julián, mirándola de reojo, con los ojos echando chispas.
Vanesa se quedó muda.
De repente entendió por qué Don Armando se sentía tan impotente ante su nieto.
Julián no cedía ante las amenazas ni ante los ruegos; era un muro de piedra.
Pero Julián se limitó a clavar su mirada en la de ella mientras, sin inmutarse, cortaba la llamada.
Vanesa se quedó quieta, sin saber si respirar aliviada o prepararse para lo peor.
Él arrojó el aparato a un sillón cercano con desdén.
No le impidió acercarse a recuperarlo.
Pero la intensidad con la que la miraba le advertía que el asunto iba más allá de un simple berrinche de celos.
Ella no apartó la vista.
Intuía lo que venía a continuación.
—Vanesa, a partir de hoy, cortas toda relación con Fabio Serrano —declaró Julián. No era una sugerencia; era una orden—. Si no te importa lo que pase contigo, por lo menos ten un poco de decencia y piensa en Paz. Ya la arrastraste a este circo mediático una vez, y luego una segunda. La suerte no nos va a sonreír siempre, ¿te queda claro?
Habló conteniendo la ira, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre ella.
—Lo tengo claro —respondió Vanesa en voz baja.
Para su sorpresa, Julián no siguió presionándola sobre el tema, lo cual la desconcertó un poco.
Pero Vanesa fue lo suficientemente astuta como para no hacer más preguntas.
Julián se dio la vuelta y, segundos después, dejó caer una carpeta frente a ella.

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