Pronto, lograron abandonar el aeropuerto sin contratiempos.
Javier Solís se había encargado de distraer a la prensa.
Clarissa Jiménez ya los estaba esperando en una zona segura.
Al ver a Clarissa, Paz corrió hacia ella con una enorme sonrisa.
—¡Mami, mami! ¡Ya llegué!
Clarissa no hizo comentarios sobre la situación.
El chófer y los guardaespaldas ayudaron a subir a Paz al auto rápidamente.
—Tengan mucho cuidado, yo me llevo a Paz a casa —se despidió Clarissa con un leve asentimiento.
—Gracias, señora Jiménez, disculpe las molestias —respondió Vanesa con su habitual educación.
Clarissa asintió una vez más y se metió al coche.
Una vez que el auto de Clarissa se perdió de vista, Vanesa y Julián subieron a otro vehículo que aguardaba cerca.
Dentro del habitáculo, Julián iba al volante. Su expresión era ilegible, casi gélida.
—Julián... —comenzó Vanesa, intentando romper la sofocante tensión.
Julián apartó la vista del camino por un segundo para mirarla. No dijo nada, y su mirada era tan serena que resultaba inquietante.
Tampoco parecía que estuviera a punto de estallar en reproches contra ella.
A fin de cuentas, el daño ya estaba hecho; un arranque de furia no solucionaría el desastre.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó por fin Julián, con la voz plana.
—Perdóname. Fue un descuido mío —se disculpó Vanesa con sinceridad.
—Vanesa, si las disculpas arreglaran todo, no necesitaríamos a la policía, ¿no crees? —replicó Julián, devolviéndole la pregunta.
Sus palabras sonaban casuales, pero estaban cargadas de un profundo descontento.
Justo en la intersección de adelante, giró el volante en dirección al departamento donde ambos vivían.
Vanesa guardó silencio. No tenía argumentos para defenderse.
Julián solía hacerse de la vista gorda con los problemas que ella arrastraba con Fabio.
Pero en cuanto el escándalo salpicó a Paz, significaba que había manchado a toda la familia Jiménez.
Y Vanesa jamás se imaginó que la niña terminaría arrastrada a ese huracán mediático.
Dejó escapar un suspiro inaudible.
Justo cuando estaba a punto de hablar de nuevo, su celular vibró en su bolso.
Ambos bajaron la mirada hacia la pantalla iluminada.
Julián apretó la mandíbula y no dijo una palabra.
Era una llamada de Don Armando Jiménez.
El silencio de Vanesa se volvió aún más denso.
Desde que se había casado con Julián, sus encuentros con el patriarca de la familia habían sido escasos.
Salvo en fiestas importantes o reuniones de fin de año, cuando él exigía su presencia obligatoria en la mansión.
Don Armando se enteraba de cada paso que daban en la ciudad.
Se quedó mirando la pantalla apagada por unos segundos.
Julián, evidentemente, había escuchado la breve pero contundente orden.
En el siguiente semáforo, en lugar de continuar hacia el departamento, giró el volante en dirección a la imponente mansión de la familia Jiménez.
El trayecto transcurrió en un silencio lapidario.
No fue hasta que el auto se detuvo en el estacionamiento de la residencia que Julián rompió el hielo.
—Piensa muy bien en las respuestas que le darás al abuelo —le advirtió, fijando sus ojos en ella.
—Lo haré —murmuró Vanesa.
—Y espero, Vanesa, que esas respuestas sean las mismas que me darías a mí —añadió él con una serenidad pasmosa.
Luego, abrió la puerta y salió del coche.
Vanesa entendió a la perfección la indirecta.
Con la explosión del escándalo, Don Armando exigiría una explicación clara sobre su relación con Fabio.
Y esa era exactamente la misma explicación que Julián anhelaba escuchar.
Suspiró, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros.
Con pasos resignados, siguió a Julián.
El mayordomo salió apresuradamente a su encuentro. Al verlos, se apresuró a advertirles en un susurro.

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