Paz sollozó, haciendo un tierno puchero:
—Está bien... pero lo cumples. Promesa de meñique, sin hacer trampas.
—Trato hecho. Promesa de meñique, sin trampas —accedió Fabio, siguiéndole el juego.
Aun así, la niña siguió lloriqueando un buen rato.
Fabio no dejó de mimarla hasta que se tranquilizó por completo.
Solo entonces se puso de pie.
Cruzó miradas con Vanesa.
Ella se había mantenido en absoluto silencio todo el tiempo, dejando claro que no tenía la menor intención de dirigirle la palabra.
Fabio la entendía.
Lo raro sería que Vanesa estuviera de humor para charlar después de que Paz casi pierde la vida.
Además, podía percibir la devoción y el inmenso amor que Vanesa sentía por esa niña.
Hubo un instante de silencio mientras Fabio buscaba las palabras adecuadas.
Justo en ese momento, una de las enfermeras entró a entregar los resultados de los análisis.
Eran los estudios de Paz.
Aunque la enfermera no se los entregó a él, la vista aguda de Fabio le permitió captar un detalle crucial.
En la primera línea del historial clínico destacaba el grupo sanguíneo de Paz.
Fabio se quedó helado.
El tipo de sangre de la pequeña Paz era exactamente el mismo que el suyo, una variante extremadamente rara.
Era un secreto médico que Fabio jamás había compartido públicamente para evitar problemas.
Él siempre mantenía reservas de sangre propias para cualquier emergencia.
Sabía a la perfección que, si alguna vez tenía una hija biológica, ella heredaría ese tipo de sangre con un cien por ciento de seguridad.
Santiago Serrano, al ser niño, no lo había heredado.
Por eso, descubrir que Paz compartía su misma sangre fue como recibir un golpe directo al pecho.
Vanesa tensó la mandíbula.
Sabía que la sangre de su hija era un dolor de cabeza constante; todos los médicos que la habían tratado le advirtieron que, además del riesgo de una cirugía cardíaca, la escasez de donantes compatibles era una bomba de tiempo.
Durante años, la familia Jiménez había removido cielo y tierra para mantener un banco de sangre privado para Paz.
Precisamente por eso Vanesa era una fiera protectora: un simple corte podía ser letal.
De ahí venía la furia asesina que la consumía por el ataque de esa tarde. Le importaba un demonio si había sido Giselle o el mismísimo presidente; iba a destruirla.
Pero no esperaba que Fabio se fijara justo en eso.
—¿Hay algún problema con eso? —respondió Vanesa, con voz gélida.
—Ninguno. Solo que es una sangre muy peculiar, me sorprendió verla, eso es todo —comentó Fabio sin perder la calma.
—Pues seguro que alguno de sus padres tiene el mismo tipo —cortó Vanesa, sin intención de darle más cuerda al asunto.
Fabio murmuró un "ya veo", y no dijo más.
Sin embargo, cuando una semilla de duda cae en tierra fértil, es imposible detener sus raíces.

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