Sin embargo, Fabio no se apresuró a levantarse; se quedó en cuclillas, mirando a Paz.
—¿Puedo llamarte Paz? —le preguntó.
—¡Claro que sí! —Paz sonrió, mostrando los dientes.
El hombre le agradaba, aunque no sabía explicar el porqué.
Por eso decidió simplemente dejarse llevar.
—Paz, si a Julián le dices por su nombre, ¿por qué a mí me llamas 'señor'? —indagó Fabio de repente.
Vanesa sintió un nudo en el estómago.
Frunció el ceño, desconcertada por la pregunta de Fabio.
Antes de que pudiera reaccionar, la dulce voz de Paz resonó:
—¡Porque te ves muchísimo más viejo que él!
Fabio se quedó tieso.
Vanesa, al escucharla, no aguantó la risa.
Aunque rápidamente se dio cuenta de que no estaba bien reírse, así que trató de disimular.
El esfuerzo por aguantar la carcajada terminó transformándose en una serie de toses falsas.
Parecía que se estaba ahogando.
Fabio, con cara de póker, se puso de pie:
—Bien, vámonos a casa.
Paz soltó un 'Oh'.
Lo miró con un poco de cautela:
—Pero si dije que estabas viejo, ¿igual me vas a comprar los juguetes?
—Te los compraré —confirmó él sin rodeos.
Esta vez, Paz estaba rebosante de felicidad.
Fabio condujo de vuelta a su mansión con Vanesa y la niña.
Durante el trayecto, Fabio llamó por teléfono a su mayordomo.
Le pidió que preparara ropa de niña.
Y le dio el peso y la estatura exacta de Paz.
Además, frente a la propia niña, empezó a encargar un montón de juguetes en línea.
Todos elegidos por ella.
Vanesa observaba todo en silencio. Tenía ganas de detenerlo, pero por alguna razón inexplicable, las palabras no salían de su boca.
A Paz no le faltaban juguetes en absoluto.
Pero ver la forma en que Paz y Fabio se llevaban tan naturalmente le impedía intervenir.
Más que nadie, Vanesa sabía que eran padre e hija.
Pero conforme fue creciendo, era Julián quien solía llevarla en brazos.
Fabio la levantó con suma delicadeza; sus movimientos se veían firmes pero a la vez muy naturales.
Era la primera vez que Vanesa lo veía en esa faceta.
Durante sus siete años de matrimonio, había imaginado un sinfín de veces cómo serían ellos como padres.
Lamentablemente, jamás tuvo la oportunidad de vivirlo.
En aquel entonces, Vanesa creía que con solo darle un hijo a Fabio, sería la mujer más feliz del mundo.
Pero ahora todo se había enredado.
Parecía una cruel broma del destino.
Fabio ya iba caminando hacia el interior de la casa con Paz en brazos.
La niña dormía plácidamente, apoyada en el hombro del hombre.
Vanesa caminaba a su lado, en silencio.
Por un brevísimo instante, se dejó llevar por la ilusión.
Sintió que parecían una verdadera familia.
Ese pensamiento fue como un balde de agua fría que la trajo de vuelta a la realidad.
Ellos jamás volverían a ser una familia.
Para cuando Fabio entró con Paz, el mayordomo ya tenía lista una habitación.

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