Vanesa no necesitaba ni mirar para saber que era la llamada de Giselle.
Giselle tenía muchos ojos y oídos alrededor de Fabio.
Cualquier movimiento que él hiciera, se lo contaban de inmediato.
Si ella ahora estaba en el Sanatorio Valle de Paz, ¿cómo no iba a enterarse Giselle?
Usaba las mismas artimañas de hace años, pero seguía disfrutándolas porque le funcionaban de maravilla.
Vanesa no hizo nada para impedirlo.
Fabio ya había respondido.
—Fabio, me siento un poco mal... No sé si son ideas mías, pero siento que ahora veo las cosas mucho más borrosas —se escuchó la dulce voz de Giselle, sonando afligida y vulnerable.
Esa sola frase hizo que el semblante de Fabio se ensombreciera.
Recordó las palabras del doctor.
El tumor cerebral de Giselle estaba comprimiendo el nervio óptico; en un máximo de tres meses, perdería la vista por completo.
Y Giselle no estaba enterada de esto.
Porque no podía recibir ningún tipo de alteración emocional.
Al recordar todo lo que había pasado durante esos años...
Un fuerte sentimiento de culpa hacia Giselle inundó el pecho de Fabio.
Sin pensarlo dos veces, le dijo:
—Voy para allá ahora mismo.
—Está bien —respondió ella.
En ningún momento Giselle mencionó a Vanesa.
La conversación fue breve y terminó de inmediato.
Vanesa se quedó quieta en su lugar, sin mostrar mayor reacción.
Pero entendía a la perfección que aquello era un juego de manipulación de Giselle contra ella.
Giselle sabía leer a las personas a la perfección.
Al no mencionarla a ella, Giselle se mostraba como la comprensiva y generosa.
Y eso haría que Fabio se pusiera ciegamente de su lado.
Al final, ¿a quién no le gusta estar con una mujer que siempre le sonríe y que solo lo tiene a él en su mundo?
En lugar de alguien que solo le da dolores de cabeza en cada oportunidad.
Pero Vanesa ya había notado un detalle importante.
La actitud de Fabio hacia Giselle había cambiado.
Ya no era simplemente esa necesidad de consentirla como al principio.

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