Dado que el embarazo estaba bastante avanzado, las visitas de Vanesa al baño se habían vuelto cada vez más frecuentes.
Esto también estaba afectando muchísimo su calidad de sueño.
Sin embargo, Vanesa jamás imaginó encontrarse a Giselle y a Fabio justo frente a los baños.
Sintió que verdaderamente el mundo era un pañuelo.
Se quedó petrificada, sin mover un solo músculo.
Como los dos bloqueaban el camino, Vanesa no podía avanzar ni tampoco retroceder con naturalidad.
Solo le quedaba esperar en silencio.
Su mirada no mostraba mucha emoción, simplemente observaba la enredada escena frente a ella.
—Fabio, ¿de verdad vas a ignorarme? He regresado —dijo Giselle, agarrando el brazo de él con aire de víctima.
Lo miraba con los ojos llenos de lágrimas, como si estuviera a punto de romper a llorar en cualquier segundo.
Esa actitud de Giselle siempre había logrado enternecer a Fabio.
Pero en esta ocasión, él parecía imperturbable, observándola con total frialdad.
Al notar su actitud, Giselle sintió un latigazo de pánico e instintivamente dio un paso hacia él.
—Fabio, hazme caso, ¿sí? Estos días te he extrañado muchísimo, y el bebé también —rogó, haciendo que su voz sonara aún más lastimera.
—No es que no quisiera volver, simplemente no tenía otra opción... —murmuró Giselle, mordiéndose el labio inferior.
Se acercó cada vez más a Fabio, hasta el punto de casi pegar su cuerpo al de él.
Pero él seguía mostrándose indiferente.
Giselle comenzó a desesperarse.
Gruesas lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
Con sus delgados brazos, lo abrazó por su cuenta.
—Fabio, por favor, no te enojes conmigo. Háblame, ¿quieres? —insistió.
—¿Y qué quieres que diga? —respondió Fabio por fin, después de un largo silencio.
Un destello de alegría iluminó los ojos de Giselle.
—Fabio, estás dispuesto a hablar conmigo. No estás enojado de verdad, ¿cierto?
Él volvió a sumirse en el mutismo.
Ambos estaban en un evidente forcejeo emocional.
Fabio conocía demasiado bien a Giselle.

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