Vanesa se quedó callada, después de todo, esa era la casa de los Serrano y él tenía todo el derecho de estar allí.
"Más tarde me acompañarás al Club de Golf Los Prados. Quedé en jugar con Ricardo Linares. El aire es puro allá arriba y hay un lugar de cocina oaxaqueña muy bueno. Recuerdo que te encanta la cocina oaxaqueña", le informó, dejando claro el plan del día.
"Fabio...", murmuró Vanesa, dándole un sorbo a su leche. Ya no aguantaba más.
No soportaba su habilidad para actuar como si nada hubiera pasado.
Pero esta vez, antes de que pudiera decir algo más, la voz serena de Fabio la interrumpió.
"Lo de ayer... lo siento. No debí desquitarme contigo."
Vanesa no respondió.
La disculpa había sonado fría y de compromiso.
Cualquiera podría notar que no lo decía con verdadera sinceridad.
Pero para Vanesa, fue una auténtica sorpresa.
Jamás imaginó que Fabio se tomaría la molestia de disculparse.
No sabía exactamente qué sentir.
Pero para ella, su indiferencia era mil veces preferible a sus arranques de furia.
Con su estado de embarazo tan avanzado, no podía permitirse el lujo de alterarse.
Pensando en ello, sus manos viajaron instintivamente hacia su vientre para protegerlo.
El bebé adentro sintió su caricia.
Y empezó a moverse alegremente.
Vanesa lo sintió y sus ojos se iluminaron con una sonrisa llena de ternura.
Al verla en silencio, Fabio frunció el ceño levemente.
"¿Te duele el estómago?", le preguntó sin rodeos.
Vanesa levantó la cabeza y por fin lo miró a los ojos.
"No. Y ya escuché tus planes para hoy", respondió con un tono completamente robótico.
No quiso añadir nada más.
Estar en esa situación la llenaba de contradicciones.
Pero tampoco tenía la energía para mostrarle ninguna emoción.
Al verla tan fría, Fabio guardó silencio.
Vanesa notó que él no tenía intenciones de levantarse y frunció el ceño con sutileza.
Pero por fuera, se mantuvo impasible.
De repente, el desayuno frente a ella perdió todo su atractivo.
A Fabio pareció no importarle en absoluto y posó su gran mano sobre el vientre de ella.

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