—Sí —respondió Vanesa con calma, tras serenarse.
Se mordió el labio y, tras pensarlo unos segundos, continuó: —Voy camino al hospital a ver a Vicente. Te agradezco mucho que me lo permitas.
Su muestra de gratitud sonó algo forzada, casi automática.
Fabio lo notó de inmediato, pero decidió pasarlo por alto.
Al fin y al cabo, haberle permitido la visita era una forma de calmar sus ánimos.
Lo único que le importaba era proteger al hijo que ella llevaba en el vientre.
Un destello calculador apareció en los ojos de Fabio, pero al teléfono sonaba completamente impasible.
Se limitó a soltar un simple murmullo de afirmación.
Para ese momento, el auto ya se había detenido frente al hospital.
—Ya llegué, tengo que colgar —anunció Vanesa rompiendo el silencio.
Dicho esto, finalizó la llamada.
Sin ni siquiera darle oportunidad a Fabio de replicar.
Al ver la pantalla apagada, el rostro de Fabio se ensombreció.
¿Cómo se atrevía Vanesa a ser la primera en colgar?
En el pasado, siempre era él quien cortaba la comunicación.
Antes, cuando él se dignaba a llamarla, Vanesa rebosaba de felicidad.
Su rostro entero se iluminaba con una alegría genuina y devota.
Nada que ver con la actitud gélida y distante de ahora.
La frustración se apoderó de él a tal grado que estuvo a punto de salir disparado hacia el hospital para exigirle una explicación.
Su mirada se volvió oscura como la tormenta.
Aquel impulso lo llevó a dar un par de pasos hacia la puerta.
Justo en ese instante, Carlos Medina entró a toda prisa en su oficina: —Señor Serrano, la señorita Rivas está insistiendo. Y recuerde que tiene una junta más tarde, no podemos quedarnos mucho tiempo en la celebración.
Carlos sabía perfectamente que se refería al evento de cumpleaños de Giselle.
Fabio había reservado un espacio de dos horas en su apretada agenda exclusivamente para ella.
Estaba cumpliendo a la perfección con su papel de amante devoto y patrocinador incondicional.

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