Pero Vanesa parecía no sentir ni prisa ni ansiedad.
Ninguno dijo nada.
Hasta que él rompió el silencio: —O te regresas a vivir con la familia Urbina, o vienes a vivir conmigo.
Para Fabio, esa era la mejor solución.
La residencia de los Urbina estaba dentro del complejo militar, garantizando por completo su seguridad.
Y si se quedaba con él, la mantendría bajo su cuidado. Incluso si quien orquestó esto tuviera relación con Fausto, no se atrevería a actuar a la ligera.
Estar sola era lo peor que podía hacer ahora.
Sin embargo, al oírlo, Vanesa soltó una risa seca y algo sarcástica.
—Fabio, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? —alzó la vista para mirarlo.
—¿Si me mudo contigo, qué pasará con tu novia? ¿Vas a llevar a tu exesposa a tu casa descaradamente? —sonrió con frialdad.
Él hizo el amago de hablar.
Pero antes de que las palabras salieran de su boca, ella lo interrumpió.
—Te lo he dicho, ya no tenemos nada que ver. Lo que pase conmigo es asunto mío, no necesito que te entrometas —habló sin ningún atisbo de humor.
Él frunció el ceño, mirándola.
Pudo notar el rencor y la terquedad en su voz.
Se quedó en silencio, de pie e inmóvil.
—Si me infecté de VIH, si vuelvo a las drogas, ¿y qué? ¿Acaso puedes cambiarlo? —preguntó—. Es más, si de verdad me pasa algo, a ti ni te incumbe.
Al decir esto, el pecho de Vanesa subía y bajaba con rapidez; estaba alterada.
Él siguió callado, simplemente observándola.
—De acuerdo, me dejé llevar. Pero debes llevarte a Paz —cuando mencionó a la niña, su tono se volvió mucho más calmado.
—No quiero que se entere de nada, ni quiero que corra algún riesgo —tras decir esto, fijó su mirada en él.
Fabio entendía perfectamente. Quería ocultarle la gravedad de su situación.
Vanesa se estaba preparando para lo peor.
Por eso estaba dejando todo listo.
Él mantenía la compostura, y ella no añadió nada más.
—Si es lo que deseas, lo respeto —dijo en un tono neutro.

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