Al escucharlo, Vanesa se quedó atónita por un segundo.
Había barajado infinidad de posibilidades, pero nunca imaginó que la señora Celia pudiera estar involucrada.
Frunció el ceño, bajó la mirada y se sumió en un profundo silencio para reflexionar.
Sin embargo, por más que le daba vueltas al asunto, no lograba encontrar un motivo para que la mujer quisiera hacerle daño.
Finalmente, con un leve dolor de cabeza, se masajeó las sienes.
De momento, no tenía ni la menor idea de cómo manejar la situación.
—Vanesa —la llamó Fabio, inclinando la cabeza para mirarla a los ojos.
Ella levantó la vista mecánicamente, aún con el ceño fruncido.
Él le propuso con toda la calma del mundo: —Quédate unos días más, y así saldremos de dudas, ¿no te parece?
Vanesa no relajó la expresión, pero comprendió de inmediato lo que él sugería.
Desde que había llegado a Fresno, su condición había mejorado notablemente.
Las extrañas alucinaciones habían cesado.
Y aunque su sueño no era del todo profundo, al menos lograba descansar.
Una diferencia abismal comparada con las noches de tormento en la capital.
Con todo eso en mente, sus sospechas se habían vuelto innegables.
Pero si se quedaba en Fresno, inevitablemente tendría que seguir conviviendo con Fabio.
Eso la hizo sentir un poco confundida y sin saber cómo actuar.
Él permaneció en silencio, observándola desde arriba.
Sabía a la perfección lo que pasaba por su mente.
Con fingida indiferencia, inquirió: —¿Te da miedo estar a solas conmigo?
Fue directo al grano, sin la menor vacilación.
Vanesa se tensó ante la pregunta, sin saber si darle la razón o negarlo.
Sin embargo, mantuvo su fachada de compostura: —Simplemente considero que lo más prudente es guardar las distancias. Al fin y al cabo, usted, señor Serrano, tiene novia. No sería adecuado dar pie a malentendidos.
Sus palabras sonaron inquebrantables.
Pero por el rabillo del ojo, no pudo evitar buscar la reacción de Fabio.
Había algo en la relación entre él y Silvia que a Vanesa le parecía muy extraño, aunque no sabría explicar qué era.

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