Con un semblante frío, lo enfrentó: —Fabio, prácticamente me has arrastrado a compartir la misma suite que tú. Aunque no durmamos en la misma cama, ¿crees que a tu novia no le va a importar esto?
Su tono de voz era duro, casi como un ataque directo.
—Te recuerdo que Silvia también trabaja en mi misma universidad. Si se llega a enterar o alguien empieza a hablar, ¿estás tratando de arruinarle la vida a ella o me estás intentando humillar a mí?
Con cada palabra, la indignación de Vanesa iba en aumento.
Aprovechó la oportunidad para descargar sobre él toda esa rabia reprimida que llevaba guardando durante las últimas semanas.
Fabio no se inmutó; simplemente se quedó allí, analizándola en silencio.
Su actitud calmada lograba el efecto perverso de hacer que Vanesa pareciera una mujer histérica haciendo un berrinche sin sentido, mientras él era la voz de la cordura.
—Punto número uno —comenzó Fabio, enumerando cada argumento con frialdad—. La decisión de que Silvia entrara a trabajar a la Universidad de la Capital se aprobó hace dos años; no es un complot de última hora para vigilarte. Dos: ella tiene más altura moral que eso, conoce perfectamente en qué términos terminamos tú y yo, así que no va a hacer escenas de celos infantiles. Tres: no busco humillarte a ti, ni mucho menos a ella; únicamente te estaba ofreciendo una alternativa a tu problema. Y cuatro: si tu capricho es encerrarte en el cuarto más pequeño, por mí, adelante.
Fabio pronunció cada sílaba con una claridad cortante y definitiva.
Una vez finalizado su pequeño discurso, dio un paso atrás, dejándole la decisión a ella.
Ya fuera por la punzada de humillación que le provocaron sus palabras, o porque verdaderamente no quería darle el gusto de verse acobardada.
Vanesa tomó con fuerza el asa de su maleta y se encaminó directo hacia la majestuosa suite principal.
Fabio la observó hacerlo, esbozando tal vez una levísima sombra de sonrisa, pero sin decir palabra.
Y de un portazo, Vanesa se encerró.
Estuvo dentro acomodando sus cosas durante un largo rato, hasta que tuvo que salir para bajar al congreso y hacer su registro.
Fue hasta ese momento que se percató de que la gran suite estaba vacía; Fabio ya no estaba.
No hizo ruido, ni lo buscó.
Aquel lugar era inmenso.
No se trataba de una simple recámara de hotel con un espacio extra.
Era el grandioso penthouse del complejo, la auténtica suite presidencial.
Con pasillos, despachos y un salón central majestuoso.
Mientras ambos pusieran un poco de esfuerzo en no cruzarse, podrían convivir allí sin llegar a verse la cara.
Esa idea logró tranquilizar enormemente los nervios de Vanesa.
Salió a toda prisa rumbo a los salones de convenciones para firmar su asistencia al evento.
Gracias al letargo de tres horas durante el vuelo, su semblante ya no lucía tan pálido ni demacrado.
Mientras repasaba el itinerario, cayó en la cuenta de un detalle: el evento duraba tres días enteros, culminando hasta el sábado por la noche.
A esas horas ya no habría ningún vuelo disponible para regresar a la capital.
Así que, forzosamente, su retorno tendría que postergarse hasta el domingo por la mañana.

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