—Vanesa —esta vez Fabio captó la idea, y soltó una carcajada sarcástica—. Estamos en el siglo veintiuno, esas cosas de superstición y cuentos de brujas no existen. ¿No crees que estás imaginando demasiadas locuras?
—¿Y los ricos como ustedes no son los más supersticiosos? Hasta para levantar un edificio contratan videntes para buscar el flujo de las energías y la buena suerte —replicó Vanesa a la defensiva.
Fabio se quedó en silencio.
Decidió morderse la lengua y no entrar en un debate absurdo.
—A ver si entiendo. ¿Me estás diciendo que por las noches, cuando intentas dormir, ves fantasmas y monstruos? —retomó el interrogatorio.
—Sí... —murmuró ella.
—¿Y eso es lo que te aterra y te impide dormir? ¿Por eso pareces un zombi con esas ojeras y has vuelto a atiborrarte de pastillas?
—Sí, no he podido dormir y volví a medicarme, aunque la dosis no es tan alta como antes. Pero he notado que las medicinas no me sirven, siento que esas cosas oscuras siguen acechándome de verdad.
—¿Has tenido mucha presión laboral últimamente?
—Más o menos.
—¿Y ya fuiste a un especialista para revisar eso?
—Fabio, ¿me estás tratando de loca?
Vanesa lo fulminó con la mirada, lista para enfrascarse en una pelea campal allí mismo.
Pero él, inquebrantable y frío, desmenuzó su argumento: —¿Acaso crees que esto es normal? ¿De dónde van a salir monstruos en un apartamento moderno? Y si es que los hay, ¿cómo es posible que seas la única que los ve, mientras los demás duermen plácidamente a tu lado sin notar nada?
Vanesa se quedó sin palabras.
Sabía que discutir esas sensaciones con alguien tan implacable y escéptico como Fabio era una completa pérdida de tiempo.
Sin embargo, cuando él la confrontaba con esa lógica aplastante, era imposible refutarle un solo punto.
No tenía forma de defenderse.
Se quedó mirándolo, sintiéndose acorralada.
De repente, Fabio giró el rostro y se inclinó hacia ella, acortando la distancia entre ambos.
Hacía muchísimo tiempo que no estaban así de cerca.
El aroma de su perfume y su proximidad la hicieron sentir sumamente incómoda.
Pero hizo un esfuerzo titánico por no apartar la mirada y recuperar la compostura.
—Bien, entonces descríbeme... ¿cómo son exactamente esos monstruos que ves? —le susurró él en tono casi clínico.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ