Los profesores del departamento estaban reunidos alrededor de Silvia. Al ver a Vanesa llegar, tomaron la iniciativa de presentarla.
—Profesora Arias, ella es la nueva profesora que se integra a nuestro departamento, se llama Silvia —le dijo el director del departamento con una sonrisa.
Vanesa estaba realmente en shock, incapaz de procesar la situación.
—Es una investigadora brillante que acaba de regresar del extranjero. Trabajaba en un laboratorio allá, y tuvimos que insistirle muchísimo para que aceptara dar clases aquí en la Universidad de la Capital.
El director del departamento le explicó toda la situación a Vanesa.
—La sede principal de la universidad está aquí en la capital, pero estamos por inaugurar un nuevo campus en Jalapa. Para el próximo semestre, cuando comiencen las clases allá, la profesora Silvia será trasladada a ese campus.
—Por ahora estará con nosotros en la capital. Les pido a todos que la apoyen y colaboren con las actividades del departamento.
El director concluyó con una sonrisa.
Vanesa se quedó allí, parada y petrificada, mientras los demás profesores evidentemente ya habían saludado a Silvia.
Solo faltaba Vanesa.
Silvia, sin mostrar la menor incomodidad, se acercó a ella.
—Profesora Arias, un gusto. Espero aprender mucho de usted —le dijo Silvia con gran amabilidad.
Vanesa extendió la mano mecánicamente: —Un gusto.
Como dicen por ahí: no se puede tratar mal a quien te recibe con una sonrisa.
Y la verdad era que en el rostro de Silvia no se asomaba la menor pizca de malicia; al menos Vanesa no podía detectarla.
Sin embargo, en la mente de Vanesa, las piezas empezaron a encajar.
Ahora entendía por qué Fabio estaba en la capital y por qué lo había visto en esos centros comerciales.
Seguramente había venido en persona a acompañar a Silvia en su ingreso a la universidad, y a comprarle todo lo necesario para su nueva vida aquí.
El tiempo que Silvia pasaría en la capital sería de apenas unos meses; menos de medio año en realidad, pues un semestre duraba poco más de cuatro meses.
En las vacaciones de verano regresaría a Jalapa, y en septiembre comenzaría a dar clases en el nuevo campus allá.
—Espero contar con su apoyo, profesora Arias. El director me habló mucho de sus logros, y la verdad, siento que tengo un largo camino para igualarla —dijo Silvia, mostrando una gran humildad.
No eran los halagos falsos y sarcásticos a los que estaba acostumbrada con Giselle, era una admiración sincera hacia Vanesa.
—El director exagera. Cualquier profesor de la Universidad de la Capital tiene un nivel excepcional —respondió Vanesa, volviendo a la realidad y usando palabras de cortesía.
Intercambiaron un par de formalidades más, sin profundizar en la plática.
Cada quien tenía clases que impartir.

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