Vanesa no rechazó el gesto.
Luego, Silvia sonrió cortésmente, soltó la mano de Vanesa y dirigió su mirada hacia Fabio.
Él no pronunció palabra, pero en cuanto Silvia se giró, rodeó su cintura con total naturalidad.
Juntos, caminaron hacia otra dirección del centro comercial.
Vanesa los observó alejarse con expresión neutra.
Una postura tan íntima... era evidente que tenían una relación.
Sin embargo, Vanesa permaneció en silencio durante todo el encuentro.
Poco después, dio media vuelta y fue a recoger el encargo de Isabel.
El encuentro en el centro comercial fue solo el inicio.
De repente, la inmensa capital parecía haberse vuelto increíblemente pequeña.
Era como si estuviera atrapada en un bucle; adonde fuera, terminaba topándose con Fabio.
No sabía si era la constante presencia de él lo que la afectaba.
Pero los dolores de cabeza habían regresado con fuerza.
Sumado a las alucinaciones inexplicables de antes, el malestar de Vanesa empeoró considerablemente.
Su decaimiento era tan evidente que la señora Celia no tardó en notarlo.
—Señorita Vanesa, ¿se siente mal? —preguntó la señora Celia, mostrando genuina preocupación.
Vanesa había desarrollado confianza y familiaridad con ella.
Después de convivir a diario durante tanto tiempo, Vanesa no sentía la necesidad de ocultarle las cosas.
Le explicó brevemente lo que le estaba pasando, asumiendo que era un problema suyo.
No hizo ninguna mención sobre Fabio.
—¿Alucinaciones? —La señora Celia se quedó perpleja por un instante.
Al segundo siguiente, su rostro adoptó una expresión de gravedad.
Al mirar a Vanesa, parecía dudar si debía decir algo o no.
Vanesa frunció el ceño: —Señora Celia, ¿qué pasa? Puede decírmelo sin problema.

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