Madre e hija pidieron sus platos favoritos en el restaurante.
El lugar era muy famoso en la capital, conocido por sus exclusivos cortes de carne a la parrilla.
A Paz le encantaba.
El ambiente era excelente, con salones privados individuales que garantizaban que los clientes no fueran molestados por el resto de los comensales.
Durante estos últimos dos meses, se había convertido en el sitio favorito de Paz.
Y Vanesa siempre la complacía trayéndola.
—Lo siento mucho, señorita Arias, pero hoy ya no tenemos salones privados disponibles —le informó un mesero, con expresión de disculpa.
Vanesa se sorprendió un poco.
—No hay problema, podemos comer en las mesas de afuera —respondió rápidamente, recuperando la compostura.
—Perfecto, permítame acompañarlas —asintió el mesero.
Vanesa no tenía intención de quejarse con nadie; después de todo, había sido su error no hacer una reservación previa.
Pero, justo en ese momento, el gerente del restaurante se acercó apresuradamente hacia ellas.
—Señorita Arias, si no le molesta compartir el espacio, los clientes de uno de los salones privados han accedido a compartir su mesa —ofreció el gerente—. Bajaremos un separador en el centro, por lo que seguirán teniendo privacidad y no se molestarán mutuamente. Lo único es que no tendrán vista hacia la ventana.
—Me parece bien —aceptó Vanesa asintiendo.
El gerente no dijo más y las guio directamente hacia la zona de los salones privados.
Al entrar, Vanesa notó que el gerente ya había colocado el elegante panel divisorio.
El espacio funcionaba exactamente como los módulos privados del exterior: una zona completamente independiente.
Vanesa se sentó con Paz y agradeció cortésmente al gerente.
Poco después, Vanesa hizo su pedido, casi todo basado en lo que más le gustaba a la niña.
Pero como ambas comían poco, las porciones no fueron demasiadas.
El gerente se retiró discretamente en silencio.
Al cabo de un rato, un mesero entró para ayudarles a asar la carne en la parrilla integrada a la mesa.
Vanesa sentía un poco de curiosidad por saber quién era el cliente al otro lado del separador.
Normalmente, las personas que reservaban estos espacios no eran muy dadas a compartir.
Justamente lo que buscaban era privacidad absoluta.
En ese instante, se escucharon pasos aproximándose desde el pasillo.
Vanesa guardó silencio, atenta al ruido.
Supuso que acababa de llegar la persona que había hecho la reservación del salón.
Y entonces, escuchó una voz clara y sumamente melodiosa. Muy dulce al oído.
—Fabio, has estado resfriado últimamente, deberías evitar comer cosas muy pesadas o calientes —decía la voz, aconsejando a su acompañante.

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