La pequeña ya no mostraba tanto rechazo ante la situación.
Vanesa también sintió un gran alivio.
Lo único preocupante era que Paz seguía sin articular palabra.
Pero Vanesa sabía que no podía forzar las cosas, así que se armó de paciencia.
Sabía, además, que Fabio y Paz seguían en contacto.
Él le mandaba mensajes por chat con frecuencia.
Aunque Paz respondía poco, por lo menos respondía.
También mantenía comunicación con Santiago.
A Vanesa no le molestaba; era el derecho de Paz decidir con quién hablaba y ella jamás interferiría.
El psicólogo consideró que, dado que la niña estaba emocionalmente estable, no había motivos de alarma.
Dejar que las cosas fluyeran era lo más sensato por ahora.
Eso le dio a Vanesa un poco de paz mental.
...
En la oficina de la Universidad de la Capital.
—Profesora Arias, la busca el director de la facultad —le avisó un colega.
Vanesa asintió. —Voy para allá enseguida.
—De acuerdo —contestó él sin darle mayor importancia.
Vanesa guardó el archivo de su clase, se levantó y se dirigió a la oficina del director.
En el pasillo se cruzó con Sofía Zamora.
—¿Cenamos hoy? —le propuso Sofía—. Trae a Paz, le compré un regalito.
—Claro —Vanesa sonrió y asintió.
A Paz le caía muy bien Sofía.
De vez en cuando, las tres salían a comer.
Sofía no la retuvo mucho al ver que Vanesa le hacía una seña indicando hacia la oficina del director.
Pero de pronto recordó algo. —Oye, Vane... si no quieres ir, puedes decir que no.

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