Y con esa sentencia, Vanesa le dio la espalda y se alejó. Al dar unos pasos, el vientre se le contrajo con un dolor espantoso.
Fue una tortura tan aguda que perdió el conocimiento en plena calle. Unas personas que pasaban por ahí la subieron y la metieron a Urgencias.
El doctor de guardia, al ver su estado crítico, no dudó en regañarla: —¿Cómo se le ocurre llegar en estas condiciones estando embarazada? Esto es gravísimo. ¿No le importa la vida de su bebé?
—¡Claro que sí! —respondió Vanesa, muerta de miedo, mirándolo a los ojos.
El médico negó con la cabeza y preguntó: —¿Y dónde diablos está su marido?
—Él... —Vanesa tragó saliva, mintiendo por instinto—, él y yo nos divorciamos.
El doctor, que ya había visto miles de tragedias similares, no quiso escarbar más. Le hizo firmar el papeleo, le asignó una camilla y ordenó que le pusieran suero intravenoso.
Dieron las nueve de la noche para cuando por fin terminaron de pasarle el medicamento.
En las camillas de al lado, todas las mujeres estaban rodeadas de sus familiares o parejas. Solo ella estaba abandonada a su suerte.
En silencio, se levantó y caminó hacia los pasillos.
De repente, su mirada chocó con la figura de Giselle.
Por inercia, Vanesa buscó con la mirada alrededor de la actriz, pero Fabio no estaba por ningún lado.
—¿Buscas a Fabio, Vanesa? —Giselle sonrió triunfal—. Fue al auto por una chamarra para mí. Le rogué que se fuera a descansar a la casa, pero es muy terco, no me quiso dejar sola.
El tono de Giselle destilaba pura prepotencia.
A Vanesa le dio arcadas escucharla.
En ese momento, los ojos de la actriz se clavaron en la muñeca de Vanesa: —Ay, mira... ¿Conque tú te quedaste con esa pulserita?
Vanesa bajó la vista hacia la joya. Era el único regalo que Fabio le había hecho en su vida, aunque hubiera sido de compromiso.
Pero ella la atesoraba como oro y jamás se la quitaba.
—¿Qué quieres decir con eso? —exigió Vanesa, apretando la mandíbula.
—Esa pulsera me la compró Fabio, pero la verdad me pareció de mal gusto y no la quise. Qué risa que lo que yo desprecio, él te lo dé a ti como premio de consolación —Giselle se soltó a reír con malicia.
Tras asestar esa humillación, le hizo un ligero gesto de despedida con la cabeza y se metió de nuevo por los pasillos de la clínica.
Vanesa se quedó congelada, clavada en el suelo.
Resultó que el regalo tan especial con el que su esposo la había sorprendido era simple y llanamente la basura de Giselle.
—¡Ah, por cierto! —Giselle se detuvo de golpe y se dio la vuelta.
Lo hizo con la misma fuerza con la que arrancaba esos miserables siete años de matrimonio de su alma.
Si iba a cortar de raíz, lo haría para siempre.
Minutos después, cuando logró recuperar el aliento, las palabras de Dante resonaron con fuerza en su cabeza.
Había sido una completa imbécil, echando su vida por la borda por un hombre que no valía nada.
Ella estaba destinada a brillar con luz propia, a triunfar en su profesión.
No a convertirse en una sombra patética, arrastrándose en la mediocridad.
Vanesa tomó una bocanada de aire fresco, desbloqueó su celular y le escribió a Dante sin titubear.
Vanesa: [Dante, en tres meses me regreso a Nueva York para reintegrarme al equipo. Es oficial.]
Apenas lo envió, la respuesta de Dante llegó.
Dante: [¡Qué gran noticia!]
Vanesa no contestó. Estaba rendida.
Con la frente en alto, salió al estacionamiento, se subió a su auto y desapareció en la noche lejos de ese hospital.

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