Las sirenas de tres camiones de bomberos retumbaban con fuerza contra la estructura de los almacenes mientras Matthias descendía de la camioneta negra. El humo denso y amargo flotaba sobre el agua de los muelles. A su alrededor, decenas de hombres corrían con mangueras, buscando sofocar las últimas brasas de la bodega que acababa de colapsar en su parte trasera. Matthias avanzó entre el desastre con la mandíbula apretada y las manos metidas en los bolsillos del pantalón, manteniendo una calma fría que ponía a temblar a cualquiera que se cruzara en su camino.
Uno de sus encargados en el puerto corrió hacia él. El tipo traía la cara manchada de ceniza y respiraba agitado.
—Señor Angelini... las cerraduras del almacén cuatro fueron forzadas desde adentro —explicó el hombre con la voz temblorosa, señalando las láminas de metal retorcidas por el fuego—. El incendio no empezó por un fallo eléctrico. Quien entró sabía en qué punto guardar la gasolina y eligió el turno de la medianoche, cuando solo quedaban tres guardias rondando los muelles.
Matthias se detuvo a un par de metros de las ruinas y entornó los ojos. No necesitó escuchar nada más para entender el cuadro completo: alguien de adentro le había vendido la información a sus enemigos. Supo de inmediato que un golpe de esa precisión requería saber los horarios, las rutas y el contenido del cargamento de importación que acababa de perderse.
—¿Quiénes sabían que esa mercancía se descargaba hoy? —preguntó Matthias en un tono bajo.
El encargado sacó un libro de registro arrugado del bolsillo y se lo entregó. Matthias le dio una ojeada rápida a los seis nombres anotados en la lista antes de devolver el cuaderno con un movimiento brusco.
—Nessuno lascia Palermo. (Nadie sale de Palermo) —ordenó Matthias, mirando a Francesco, quien acababa de posicionarse a su espalda.
Los hombres que lo rodeaban se tensaron de inmediato. Nadie se atrevió a parpadear ni a cuestionar la indicación.
—Recojan los teléfonos de todos los que están en esa lista —continuó Matthias, dando media vuelta para inspeccionar el perímetro—. Revisen llamadas recientes, transferencias bancarias, cámaras de seguridad y hasta la última persona con la que hablaron esta semana.
Un hombre mayor, que llevaba más de quince años trabajando en los muelles de los Angelini, dio un paso al frente y lo miró con cierta cautela.
—Señor... algunos de esos hombres han servido a la familia desde la época de su padre. Si les quitamos los teléfonos y los encerramos, se lo van a tomar como una acusación directa.

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