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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 342

Graciela Arellano no llegó a Oaxaca como una celebridad.

Llegó como una peregrina.

Dejó su ropa de diseñador en la Ciudad de México. Se vistió con unos pantalones de lino sencillos y una blusa de algodón, su cabello recogido en una simple coleta.

No se hospedó en un hotel boutique. Alquiló una habitación en una pequeña posada en el centro, una con un patio lleno de geranios y el olor a café de olla flotando en el aire.

Al día siguiente, no tomó un taxi privado.

Caminó.

Siguiendo las indicaciones que le había dado su amigo antropólogo, se adentró en un barrio de calles empedradas y fachadas de colores vivos.

Encontró la casa de Elena. No era un restaurante. Era un hogar.

La puerta de madera estaba entreabierta, y desde dentro emanaba el aroma inconfundible del mole cociéndose a fuego lento.

Graciela se detuvo en el umbral. Por un momento, la guardiana de la alta cocina, la jueza implacable, sintió una punzada de duda.

Estaba a punto de entrar en un espacio sagrado.

Tocó suavemente la puerta.

Elena apareció, secándose las manos en un delantal. Al ver a Graciela, su rostro se endureció. La hospitalidad oaxaqueña luchó contra una desconfianza profundamente arraigada.

—Chef Arellano.

No era una bienvenida. Era una pregunta.

—Señorita Grijalva. Elena. Por favor, llámeme Graciela —dijo la chef, su voz desprovista de toda la autoridad que solía proyectar—. ¿Puedo pasar?

Elena la estudió por un largo momento. Luego, asintió y se hizo a un lado.

La cocina era el corazón de la casa. Era pequeña, cálida, con ollas de barro colgadas de las paredes y un metate de piedra descansando en una esquina como un altar.

Graciela no se sentó. Permaneció de pie, observando el espacio con un respeto que no era fingido.

—Su cocina huele a verdad —dijo en voz baja.

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